Salía a las 13.39 horas. Tenía frío. Temblaba. Me di cuenta cuando recogía la cartera, las llaves, el dinero y el móvil de la taquilla que el funcionario me había abierto. Cuatro llamadas perdidas. Me calenté un poco al sol y pensé.
Habíamos hablado durante una hora y media. Apenas diez minutos del juicio y de su defensa. El hombre se había desahogado. No quería grandes respuestas, ni soluciones. Solo alguien que le visitara.
Qué sola está la prisión, tan llena de gente.
Le miré. Cuídate, le había dicho. El martes nos vemos, muchas gracias por todo, contestó. No sonrió. La prisión contagia la enfermedad de la tristeza. Una tristeza gris, cutre y maloliente, que se te pega a la imaginación y a la esperanza.
Herrera de La Mancha huele a drama. A húmedo y a tabaco.
Y a lejía.
viernes, 8 de febrero de 2008
lunes, 4 de febrero de 2008
Cuatro historias de la guardia
1.- El domingo Iuliu cogió el autobús en el pueblo. Tenía día libre y lo dedicaría a llamar a su familia, en el centro de centroeuropa. Al llegar a la ciudad se entretuvo a hacer tiempo en el bar de la estación de autobuses. Nunca llegaría al locutorio. Unas horas más tarde se despertaba entre barrotes, con cien euros menos y una resaca espantosa: estaba detenido y denunciado por una limpiadora de los cuartos de baño de la estación. Cuando le asistí en comisaría todavía olía a vino y a desesperación. Habría preferido que recordara algo, que me dijera que se acordaba perfectamente de la muchacha, que apenas le había dicho dos o tres piropos más o menos soeces, que de ninguna manera se había abalanzado sobre ella… Pero Iuliu no se acordaba de nada.
No sé si es mala suerte o doble vida o consecuencia de “el que la sigue la consigue”. No lo sé.
2.- ¿Cuánto has bebido? Tres cervezas, me dijo. Aún hueles a whisky: no te acerques al juez, ni a la fiscal. ¿Me has oído? Si. ¿Qué más has tomado? Tres sobres de espidifén, para la gripe. A Felipe le había detenido una pareja de la Policía Local que se lo encontró mientras perseguía a un atracador: era incapaz de mantener el coche en el carril, de decir nada coherente y de soplar lo suficiente como para hacer la prueba de alcoholemia, así que durmió en los calabozos. Despeinado, resacoso y tambaleante, sin cordones en los zapatos –el colmo del desvalimiento– ni sueños de los que vivir, me lo encontré sentado en el juzgado. Una hora más tarde salió de allí con cordones y con una condena por conducir bajo los efectos del alcohol. Crimen y castigo. Pena mínima.
3.- Me desperté sobresaltado: el móvil. ¿Es el abogado de guardia? Me costó decir nada, pero al final reconocí que sí, que lo era. ¿Puede venir a asistir a un detenido? ¿Qué hora es? Las tres y diez, ¿sabe donde está el cuartel? Sí, le dije: sí lo sé; a veinticuatro kilómetros de aquí, en mitad de la noche, entre la niebla y el frío: sé perfectamente donde está el cuartel de la Guardia Civil, pensé.
La ciudad estaba vacía y silenciosa: la ciudad que sí duerme, dije en voz baja. ¿Por qué sales a estas horas? Calla. ¿Sabes que tienes ocho horas para trasladarte? Que te calles, no quiero discutir conmigo mismo a estas horas. Conduje escuchando cadena 100, porque tengo el lector de cederrones estropeado: me habría gustado cantar con Fito y los Fitipaldis, pero me conformé con los cuarenta y cinco minutos sin pausa que anunciaba la emisora. Volvía a las cinco de la mañana. Me metí en la cama medio vestido, cansado y hambriento. A las dos horas el despertador cumplió con el inexorable cometido para el que ha sido fabricado.
4.- Vasili olvidó que una orden de alejamiento le impedía ver a su mujer. Pero ella no lo había olvidado, así que no le abrió. Vasili, como un jabalí herido, escaló a la vivienda del vecino para acceder a la de su mujer, pero el vecino se despertó, así que Vasili lo redujo –al parecer– con amenazas de muerte. Le miré: estaba impaciente, fastidiado, esposado y sin cordones. Es curioso como olvidamos lo que debemos recordar y como nos acordamos de las cosas que queremos olvidar. Es curioso lo pronto que uno olvida lo buena persona que fue o pudo haber sido.
No sé si es mala suerte o doble vida o consecuencia de “el que la sigue la consigue”. No lo sé.
2.- ¿Cuánto has bebido? Tres cervezas, me dijo. Aún hueles a whisky: no te acerques al juez, ni a la fiscal. ¿Me has oído? Si. ¿Qué más has tomado? Tres sobres de espidifén, para la gripe. A Felipe le había detenido una pareja de la Policía Local que se lo encontró mientras perseguía a un atracador: era incapaz de mantener el coche en el carril, de decir nada coherente y de soplar lo suficiente como para hacer la prueba de alcoholemia, así que durmió en los calabozos. Despeinado, resacoso y tambaleante, sin cordones en los zapatos –el colmo del desvalimiento– ni sueños de los que vivir, me lo encontré sentado en el juzgado. Una hora más tarde salió de allí con cordones y con una condena por conducir bajo los efectos del alcohol. Crimen y castigo. Pena mínima.
3.- Me desperté sobresaltado: el móvil. ¿Es el abogado de guardia? Me costó decir nada, pero al final reconocí que sí, que lo era. ¿Puede venir a asistir a un detenido? ¿Qué hora es? Las tres y diez, ¿sabe donde está el cuartel? Sí, le dije: sí lo sé; a veinticuatro kilómetros de aquí, en mitad de la noche, entre la niebla y el frío: sé perfectamente donde está el cuartel de la Guardia Civil, pensé.
La ciudad estaba vacía y silenciosa: la ciudad que sí duerme, dije en voz baja. ¿Por qué sales a estas horas? Calla. ¿Sabes que tienes ocho horas para trasladarte? Que te calles, no quiero discutir conmigo mismo a estas horas. Conduje escuchando cadena 100, porque tengo el lector de cederrones estropeado: me habría gustado cantar con Fito y los Fitipaldis, pero me conformé con los cuarenta y cinco minutos sin pausa que anunciaba la emisora. Volvía a las cinco de la mañana. Me metí en la cama medio vestido, cansado y hambriento. A las dos horas el despertador cumplió con el inexorable cometido para el que ha sido fabricado.
4.- Vasili olvidó que una orden de alejamiento le impedía ver a su mujer. Pero ella no lo había olvidado, así que no le abrió. Vasili, como un jabalí herido, escaló a la vivienda del vecino para acceder a la de su mujer, pero el vecino se despertó, así que Vasili lo redujo –al parecer– con amenazas de muerte. Le miré: estaba impaciente, fastidiado, esposado y sin cordones. Es curioso como olvidamos lo que debemos recordar y como nos acordamos de las cosas que queremos olvidar. Es curioso lo pronto que uno olvida lo buena persona que fue o pudo haber sido.
viernes, 1 de febrero de 2008
Me gusta
Lo cierto es que no es extraño que nos hagan regalos por Navidad. A mi me gusta, aunque conozco a quien incluso le molesta, porque sostiene que el regalo terminas por deducirlo de la minuta. Sea como fuere, a mi me gusta. Me gusta cuando me regalan vino bueno y queso y chorizo y libros, que no se comen, pero se devoran. Recuerdo que una vez me trajeron al despacho una olla repleta de cangrejos de río, cocinados y calentitos, de los que dimos buena cuenta en un santiamén, Rosa, Ana y yo. Y otra vez, un pluma Montblanc, negra y plata –preciosa–, de trazo grueso y elegante, que ahora llevo de continuo en el bolsillo de la americana; y un elefante indio, de escayola, decorado con rubíes de pega que terminé por regalar a no sé quién que se lo quiso llevar sin cobrarme nada. Y un abrecartas de metal con forma de espada vikinga…
Y hoy, Eusebio, me trae dos pollos de corral y dos docenas de huevos. No es la primera vez: en Navidad me trajo varias docenas de huevos y una caja de cartón llena de nueces de la que aún disfruto. Hay quien se sonríe cuando lo cuento. Pues lo cuento porque son, sin duda, los mejores regalos que jamás nadie me ha hecho, porque Eusebio es pobre: apenas una casa, un corral con gallinas y un pequeño terreno en el que cultiva lo que puede en una aldea perdida de Ciudad Real. Y una familia a la que sostener. Y una hija accidentada. Y un abogado. Y un corazón grande, grande y agradecido.
Con clientes así me siento grande; como Attikus en Matar a un Ruiseñor, me dice Emilio.
-Sí, como Attikus –pienso. Y me gusta.
Y hoy, Eusebio, me trae dos pollos de corral y dos docenas de huevos. No es la primera vez: en Navidad me trajo varias docenas de huevos y una caja de cartón llena de nueces de la que aún disfruto. Hay quien se sonríe cuando lo cuento. Pues lo cuento porque son, sin duda, los mejores regalos que jamás nadie me ha hecho, porque Eusebio es pobre: apenas una casa, un corral con gallinas y un pequeño terreno en el que cultiva lo que puede en una aldea perdida de Ciudad Real. Y una familia a la que sostener. Y una hija accidentada. Y un abogado. Y un corazón grande, grande y agradecido.
Con clientes así me siento grande; como Attikus en Matar a un Ruiseñor, me dice Emilio.
-Sí, como Attikus –pienso. Y me gusta.
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