lunes, 18 de febrero de 2008

Caleidoscopio

El matrimonio nos engorda, hemos resuelto José Luís y yo mientras apurábamos con Emilio el café en su despacho. Tras unas cuantas sandeces más, hemos vuelto a nuestras cosas: corregir tres demandas, hacer un par de reclamación de cantidad, una de desahucio, una conciliación, dos declaraciones penales, un juicio mañana…
A las doce, en el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación: ¿te viene bien el día 4? ¿Qué es el 4? Pues eso, cuatro. Vale. Cuando voy a por el coche me asombro de lo sucio que está y descubro que lo he dejado en el único hueco libre que había: “solo coches oficiales”. El término es discutible, así la conciencia no se despierta.
Llego al juzgado y saludo en decanato (están las cuatro funcionarias, con cara de lunes y pegatina de servicios mínimos). Les digo una burrada y se sonríen.
Conchi, te he dejado una demanda y un par de escritillos. Ya me dirás.
–Vale, me dice.
Saludo a Luís, que arrastra su maletín y una tendinitis. Si me esperas un rato, te bajo al despacho. Vale, ahora te veo, voy a vigilancia penitenciaria. Vale.
Y me voy a fiscalía. Saludo a Ana, le pregunto por la huelga de funcionarios a través de la barricada de expedientes. Pone cara de circunstancias, pero dice que bien, que hay que apoyarles. Vale, digo yo. Los juzgados en huelga parecen poblados abandonados del far west, ante la llegada del forajido sanguinario. Abajo, cuatro funcionarios liberados atronan con sus silbatos cada veinte minutos, para advertir que la huelga sigue. Me recibe la fiscal a la puerta de su despacho. No me deja entrar, así que freno en seco. –¿Venías a una conformidad para el juicio de mañana?, me dice. –No –pienso–, venía a organizar una conga. Pero le digo que sí, que venía a la conformidad. –Pues no me lo he mirado, ¿por qué no te vienes mañana? –Porque mañana es el juicio y mi cliente viene de Bilbao o Burgos o no sé dónde. –Ya, pero es que no me lo he mirado. ­–¿Vuelvo más tarde? –Sí. O mañana, mejor… Sospecho que estaba con alguien o pintando un cuadro o repasando la lista de la compra; por eso no me ha dejado entrar y me ha despachado con los brazos en jarras. Nunca sé cuándo estoy de más.
Compruebo en el juzgado de lo Penal nº 2 que el juicio se suspenderá y me quedo de cháchara con Carmen y otra funcionaria interina que no hace huelga.
Me paso por el juzgado de primera instancia nº 6, vacío. Y por el 5, vacío. Y por el 3, vacío. Empiezo a sospechar de alguna extraña epidemia cuando, a punto de sucumbir al pánico de la soledad, encuentro a Jorge –procurador de los tribunales y ciclista de montaña– y nos contamos nuestras últimas aventuras y dolencias. Él no ha salido, así que le llevo varios kilómetros de ventaja este fin de semana.
Son las dos menos diez cuando salgo a la calle. Casi me echo a llorar al ver mi coche, así que decido ir a lavarlo. Y todavía me queda la tarde, pienso de camino. Y la semana entera…

jueves, 14 de febrero de 2008

El turno de oficio

No recuerdo exactamente cuándo ni dónde, pero hará cosa de un año o dos, en una de esas reuniones de la Confederación Española de Abogados Jóvenes, un compañero de no sé dónde, comentó –en público y en voz alta– que él no trataba igual a los clientes particulares que a los del turno de oficio y que no se creía que el resto hiciéramos de otra forma. Me pareció mal y se lo dije: ¿para qué estás entonces en el turno? Y pensé, ¿para qué estoy yo?
Pues bien, me remonto: yo estudié en la universidad pública. Como cualquier hijo de vecino pagaba mis tasas de matriculación, el seguro universitario y el carnet de deportes de la facultad, con la sustanciosa rebaja del 50%, por pertenecer a una familia numerosa que no me merezco. No es, por tanto, un secreto que muchos contribuyentes –albañiles, jornaleros, empresarios, notarios y jardineros– han pagado mis estudios, porque mi matrícula anual no llega al sueldo mensual de ninguno de los profesores. Cuando acabe la carrera –me dije entonces–, me debo a cada uno de esos donantes anónimos que me han pagado los estudios. Y así lo hice.
Cuando el colegio de abogados acordó mi incorporación como letrado del turno de oficio, entendí mis servicios como una cuestión de justicia social para con la gente más pobre. Me revienta que una persona no tenga acceso al mejor de los abogados por el mero hecho de ser pobre. Pobre. Qué injusto clasismo.
El pobre no puede elegir quién le defiende y se traga lo que un programa de ordenador le designa. El pobre pone en manos de un desconocido, en quien no tiene por qué confiar, su libertad, su hacienda y su honor.
Por eso, el abogado del turno de oficio debe ser el mejor de los abogados. Por eso, el letrado de oficio debe atender a los clientes del turno de la forma más exquisita. Por eso el abogado debe ser íntegro y defender esos asuntos con la mayor perfección técnica. Por justicia social.
No vivo mal con lo que tengo, pero mientras pueda permaneceré como letrado del turno de oficio. Porque aún no he devuelto a la sociedad la deuda que tengo con ella. Porque yo soy así.

martes, 12 de febrero de 2008

¡Noticia bomba!

¡Que me han dado un premio! [aquí y aquí] ¿Pero cuál? ¿El Oscar? Qué Oscar ni qué leches, el “Premio Arte y Pico, por su creatividad y diseño”. ¿El qué? Pues eso, por mi creatividad y diseño. Pero si careces de ambos requisitos. ¿Qué insinúas? Nada, lo digo directamente: que ni diseño ni creatividad. Sí, pero tengo gente que me lee y que me da premios aunque no me los merezca. Pues vaya. Pues a mi me hace ilusión. Ya te veo, ya.
Después, más reposado, miro las reglas (elegir a cinco blogs merecedores de este premio por su creatividad, diseño, material interesante y tal, enlazarlo, exhibir el premio y enlazar a la autora del premio [aquí], que siempre es una forma de darle publicidad) y pienso que debería hacer trampas y darle el premio a quien quisiera; es más, nominar a diez o doce blogs y no cinco. Y luego pienso que no, que las reglas están para cumplirlas, como las leyes y los semáforos. Y es entonces cuando llega el momento de elegir a mis candidatos… Y me quedo delante de la pantalla mirando.
En fin, después de una noche de insomnio, ahí van mis candidatos:
1.- Marta, que con su clavo ardiendo nos hace sonreír, nos emociona y nos hace envidiar la pluma fácil que tiene. Además, ahora que sabemos que no tiene antecedentes penales, nos fiamos un poco más de ella.
2.- Patzarella. Porque sí. Porque su blog es bueno, porque cuenta cosas interesantes y últimamente además ha descubierto que es buena escritora y que puede ser mejor.
3.- Carlos, que me hace estremecer con su Cuaderno de Vísperas. Además es el único que ha conseguido justificar el texto al margen izquierdo del límite de la pantalla… Eso sí que es diseño.
4.- Rocío, que de vez en cuando cambia los colores y la portada y la foto. Espero que nos traiga algo de París y que, en breve, vuelva a hablarnos de mejunjes druidas.
5.- Y a Sonsoles, que aún no tiene blog, pero que lo tendrá un día de estos. Y entonces será bueno y con diseño y creatividad (a esto, yo lo llamo golpe bajo).
En fin, que enhorabuena a los premiados y a los que no, pues que sigan jugando. No porque os de un premio vais de dejar de ser buenos, mejores que yo.
Por cierto, ahí va el premio: