lunes, 7 de abril de 2008

Mi ciudad

La foto no es buena. No se aprecia ni una sola –¡ni una!– de las más de setenta mil personas, hombres, mujeres y niños que viven en la ciudad. Ni las farolas –miles de ellas–, ni los jardines, ni los kilómetros y kilómetros de acera. No se ven tampoco los perros, gordos y flacos, grandes y pequeños; ni los coches, ni las motos, ni motoristas, ni motoricones. No se distinguen los monumentos, ni las plazas, ni las esculturas. Ni el olor de la primavera en las calles. Ni los bares. Ni las iglesias. Desde aquí, desde donde estoy, no oigo el ruido de la ciudad, de mi ciudad. No veo a los que quiero. No veo a nadie.
Y sin embargo, todo está ahí abajo, palpitando de vida, esperando, tan lejos y tan cerca. No es la mejor, ni la peor, pero es mi ciudad, mi casa. Y me gusta.

Sé que pegan violines y tal, pero lo que escuchaba era esto, mientras luchaba con el móvil y la bici.

miércoles, 2 de abril de 2008

Esta mañana, sin ir más lejos

[8.30 am] Salgo de casa y enciendo el móvil. Al poco recibo tu mensaje. Leo “mientras te escribo, la aurora de rosados dedos, hace de las suyas” y te veo contemplando el amanecer, desde el tren, y me sonrío, conociéndote.
[9.00 am] Los funcionarios de justicia comienzan a votar si aceptan o rechazan la oferta del ministro en funciones. Y me irrita pensar que hoy se cumplen dos meses del comienzo de la huelga de funcionarios y que todo parece indicar que seguiremos igual. No estoy enfadado, pero he de reconocer que empiezo a perder la paciencia. Para colmo de males, la calle se ha convertido en un lugar peligroso. Como remolinos de verano, se forman corros de compañeros en los lugares más insospechados: una plaza, un paso de cebra, el Bar Paco, el de Paco o la Deliciosa, Woman Secret o Roberto Verino. Y así, de oca a oca, tomando cafés y hablando de la huelga, pierdes la mañana –y la paciencia– sin darte cuenta.
[9.30 am] Ansioso de terminar con una partición de una herencia, me llaman por teléfono: ¿puedes ir a notaría a firmar no sé qué? Pienso que no, pero digo que sí, mientras convierto las hectáreas, áreas, centiáreas, fanegas y celemines a metros cuadrados. Si me viera mi profesora de matemáticas (entrañable Dª Ana), lloraba de la emoción.
[10.18 am] Nos dan cinco días para designar un procurador en Vitoria y mi mente vuela a una tarde de verano y una plaza y una heladería fashion. De vuelta a la realidad –con una sonrisa en la cara– hago unas gestiones con unos compañeros de Vitoria y, como me fío poco, escribo a una buena abogada de Bilbao para que me dé algún nombre de un procurador de confianza.
[10.30 am] Me llama la juez del juzgado de instrucción nº 6, que quiere hablar conmigo, antes de las 3.00 pm. Las cifras de la herencia comienzan a bailar y me imagino que me han organizado una fiesta sorpresa en el juzgado, con serpentinas y matasuegras. Pero mucho me temo que no es eso lo que quiere de mi.
[12.02 pm] Me dice Raúl que se ha leído mi artículo y que le ha gustado. Álvaro me ha pintado barba en la foto. Hay que jorobarse.
[1.00 pm] Sigo con la herencia. Miro a la derecha de la mesa, donde me espera una demanda de accesión invertida. Vuelvo a los porcentajes de los herederos y me pregunto qué habrá sido de la huelga. Miro la mesa: tengo demandas y recursos pendientes. Y sobre todo minutas sin cobrar. Y la constante amenaza de mi eterna amante: una entidad exigente y fiel que me escribe regularmente que quiere ser mi banco, pero no me pasa ni una. Y eso no es amor, que le digo yo. Y mira para otro lado, esquiva.
[2.00 pm] Tenemos dos opciones, oigo que dicen por el pasillo: irnos o quedarnos; y yo, me voy.
[2.05 pm] Un rato más, solo un rato más, pienso, que esto me lo liquido hoy mismo.

viernes, 28 de marzo de 2008

Descolocado del todo

Salí pronto del despacho, porque me equivoqué de hora. Aún era de día: sorpresa y alegría. Me fui al videoclub a devolver una película y, como ya lo había retrasado un tiempo, a cortarme el pelo. Trenzados como estamos a la rutina, no nos extrañó que, una vez más, se repitiera el ritual:
–¿Cortito, como siempre? –me dice al otro lado del espejo.
–Sí, como siempre.
–¿Qué tal tu madre? –dice, sin esperar contestación.
–Bien; muy bien, muchas gracias.
–¿Y tus hermanos?
–Mejorando con el tiempo.
–¿Y tus sobrinas? ¡Qué ricas!
–Sí, sí: muy ricas.
–¿Y Rosita? Dale recuerdos de mi parte.
–De tu parte se los daré.
–¿Te quedaste aquí esta Semana Santa?
–Sí.
–Hay que ver cómo ha cambiado el tiempo.
–Ay, madre.
–¿Mucho trabajo ahora?
–Kyrie, eleison.
–Nosotras, aquí desde las diez de la mañana.
–Christe, eleison.
–Pero, ¿siguen de huelga?
–Ora pro nobis.
–Oye, Néstor: se te está cayendo el pelo…
–Ora pro… ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué estás insinuando?
–Nada, solo que te estás quedando, bueno que, no pongas esa cara, es solo que, que tienes muchas más entradas que la última vez. ¿Verdad que sí, chicas?
Busca apoyo en el resto de peluqueras, que –unánimes y certeras– me ven más calvo que la última vez. Y envalentonada, la muy canalla, contraataca:
–Eso es por la alimentación, o el estrés, o la huelga de funcionarios que os tiene atacados a todos.
–Sí –dije medio perdido. Miré más allá del espejo, donde un calvo potencial me devolvía una mirada vidriosa.
–Deberías ponerte en tratamiento. Mira, te voy a dejar un champú y un no sé qué con el que te vas a… Y después… Y además… Y en un mes… Y volvemos a ver que… ¿Has entendido?
–Hum...
Oía retazos hasta que dejé de oír y me encontré en la calle, quieto y amenazado por mi propia alimentación o por el cambio climático, con una bolsa de L’Oréal en la mano.
Desde el lunes, veo en el espejo, cada mañana, al mismo cretino somnoliento y recién duchado, dándose masajes con no sé qué gel o espuma especial. Hoy le he preguntado:
–Tú, sinceramente, ¿crees que es para tanto?
Y, mirando para otro lado, me ha dicho cantando:
–I know a girl in meteor city.
Y me ha descolocado del todo.