miércoles, 11 de junio de 2008

Con vuestro permiso

Nunca te acostumbras. La fama tiene estas cosas, pensé ayer al ver a mi prima Pitu en la tele. Estábamos viendo el fútbol en un bar y al pasar los anuncios ¡zas!: mi prima diciéndome “con vuestro permiso, quisiera leeros una carta en nombre de Endesa. Dice así…”
Me emocioné. Rápidamente llamé por teléfono y nos echamos unas risas, porque sale guapísima y es una de mis mejores catorce primas. Pero, qué digo: mirad, mirad vosotros mismos y juzgar si no vale la pena ver una y otra vez los siete primeros segundos…

martes, 10 de junio de 2008

No es bueno que el hombre esté solo

Así que Dios creó el fútbol
y la Eurocopa y partidos como el de ayer.
Y vio Dios –y yo mismo– que eran muy buenos.

jueves, 5 de junio de 2008

Ella era de metal

–Bueno, y ¿qué digo?
–La verdad. Me temo que es lo mejor. ¿Habías bebido?
–Mucho.
–Vale.
Pasamos al juzgado. El funcionario miró los autos y disparó sin sutilezas:
–Bueno, ¿qué pasó entonces?
Esteban me miró, suspiró y comenzó con su relato, sonrojado, arrepentido y con la mirada fija en el suelo. Con el dinero de la paga extra de primavera quemándoles en el bolsillo Esteban y Álvaro se fueron a la playa. Eran jóvenes y sin compromiso. Comenzaron a beber sobre las doce del medio día. A las cuatro de la mañana, eufóricos y a la entrada de una discoteca exótica, hicieron amistad con una de esas máquinas de cacahuetes y frutos secos y comenzaron a bailar con ella. Ella era tímida, así que apenas respondía a los contoneos, saltos y cabriolas de Esteban con unos mínimos bamboleos. Pero entonces todo cambió: repentinamente la máquina de metro sesenta cobró vida y comenzó a responder al baile, sobre sus cuatro diminutas ruedecillas: resultó ser una máquina libre. Y así, abrazados y metálicos, Esteban y ella avanzaron por la calle sin un objetivo claro. El reggaeton, el ritmo, la música, qué sé yo: el maldito cariñena se apoderó de ellos, les nubló la mente.
A los veinte metros una patrulla de la policía les dio el alto a gritos y con la defensa en la mano. No entendieron de amor, ni de música y detuvieron a Esteban como autor de un delito de hurto.
Ella no dijo nada, probablemente avergonzada; pero mientras esperaban, le obsequió con unos cacahuetes gratis, recuerdo quizá de esos minutos de libertad.
–Gracias, reina, balbuceó Esteban: nunca te olvidaré.