Me acosté. Al otro lado de la ventana el verano y la noche. Una vecina –ris, ris– colgaba la ropa, tres o cuatro muchachos hablaban y reían, una sirena de la policía a lo lejos. Los vecinos veían una película en silencio y, al otro lado de la cochera, una chuletada se extinguía con los adioses y volved cuando queráis. Música a lo lejos. Las campanadas de la Catedral. No las cuentes. Lo he hecho: eran doce.
Decidí probar suerte y me puse los tapones en los oídos. Silencio absoluto, al menos durante unos segundos. Entonces recordé que mañana me vence una contestación a una demanda, tengo que redactar un contrato de arrendamiento, dos o tres demandas, reclamar por la pérdida de una máquina, notificarme unas cosas en el juzgado de menores y en instrucción 3 y quedar con Pablo y con Andrés y con Ramón…
Con los ojos como platos, tumbado, pensé si no prefiero el ruido de fuera.
martes, 22 de julio de 2008
jueves, 17 de julio de 2008
El interrogatorio
Lo peor de todo –lo que me sacó de quicio– es que me miró desafiante. No lo debió hacer, pero lo hizo. Entró en sala sonriendo, se puso delante del micrófono y me miró con media sonrisa en la boca. Lo cierto es que no las tenía todas conmigo, pero tenía que defender a mi cliente. Para eso estaba allí. Pero ya que estoy, te voy a borrar esa sonrisa de cretino, me dije.
Cuando me tocó el turno, le descargué toda la artillería, hasta que comenzó a ponerse nervioso. A los diez minutos sudaba. Le sonreí. El cuello de la camiseta le molestaba, se miraba a los pies y paseaba la lengua por los labios de forma compulsiva. Lanzó una evasiva. Error, pensé. Le ruego que me conteste a lo que le he preguntado, le dije. Cuando terminé con él, ya no sonreía. Se sentó al fondo, con sus compañeros. Me miró detenidamente y le devolví mi mejor mirada y mi mejor sonrisa.
Entró el segundo de los testigos. Era grandote y fuerte. Le miré desde estrados. Es primario, pensé, a este le saco todo. Me equivoqué. Se defendió bien y no pude sacarle lo que quería sacarle. Solo se puso nervioso cuando le pregunté quién era el superior jerárquico.
Bien, no ha ido tan mal, pensé, mientras buscaba las preguntas al siguiente de los testigos. Entró. Era joven, pequeño y con cara de listo. No estaba asustado. Este será difícil, pensé, es calculador. Contestó bien a la primera pregunta. Se le veía seguro. Le miré y me tomé mi tiempo. Plan B, dije. Le dediqué el mejor de mis movimientos: mientras me quitaba las gafas le pregunté serio, despacio, como si fuera tonto, “oiga, ¿vd. era el oficial al mando de la operación, verdad?” Dudó y se miró los pies. ¡Zas! Había ganado la iniciativa, así que el resto del interrogatorio fue detrás de mí, con la lengua fuera, poniendo parches a las preguntas que le llovían.
El cuarto testigo parecía avispado, pero venía en pantalón de deporte y zapatillas de correr la maratón de Nueva York. Le miré directamente a las zapatillas: unas Nike rojas, con una válvula de no sé qué que se aprieta y te ajusta los pies dentro. Me miró y se dio cuenta del error, así que trató de esconder los pies en el escalón de los estrados, entre los cables del micrófono. Cuando me tocó preguntarle le miré a la cara, me quité las gafas, bajé la vista hasta las zapatillas e hice un mohín de sorpresa, hasta tres veces. Logré ponerle nervioso y contestó irritado consigo mismo, por haber venido disfrazado de atleta...
Salí contento, pero frustrado: no ganaría. Al llegar al despacho, con un bocata del Manolo y una Coca-cola bajo el brazo, sonreía amargamente. A salvo de miradas indiscretas, en el ascensor, canté y bailé: “could I act like you, and put a smile on my face. Not even for a second, would I lie to myself. Too many things are missing, and there's a tear in my eye. It's not a question or an answer, but it will change your mind”. Creo que no ganaré el juicio. “Na na na na na na na na na na na na na na na na”.
Cuando me tocó el turno, le descargué toda la artillería, hasta que comenzó a ponerse nervioso. A los diez minutos sudaba. Le sonreí. El cuello de la camiseta le molestaba, se miraba a los pies y paseaba la lengua por los labios de forma compulsiva. Lanzó una evasiva. Error, pensé. Le ruego que me conteste a lo que le he preguntado, le dije. Cuando terminé con él, ya no sonreía. Se sentó al fondo, con sus compañeros. Me miró detenidamente y le devolví mi mejor mirada y mi mejor sonrisa.
Entró el segundo de los testigos. Era grandote y fuerte. Le miré desde estrados. Es primario, pensé, a este le saco todo. Me equivoqué. Se defendió bien y no pude sacarle lo que quería sacarle. Solo se puso nervioso cuando le pregunté quién era el superior jerárquico.
Bien, no ha ido tan mal, pensé, mientras buscaba las preguntas al siguiente de los testigos. Entró. Era joven, pequeño y con cara de listo. No estaba asustado. Este será difícil, pensé, es calculador. Contestó bien a la primera pregunta. Se le veía seguro. Le miré y me tomé mi tiempo. Plan B, dije. Le dediqué el mejor de mis movimientos: mientras me quitaba las gafas le pregunté serio, despacio, como si fuera tonto, “oiga, ¿vd. era el oficial al mando de la operación, verdad?” Dudó y se miró los pies. ¡Zas! Había ganado la iniciativa, así que el resto del interrogatorio fue detrás de mí, con la lengua fuera, poniendo parches a las preguntas que le llovían.
El cuarto testigo parecía avispado, pero venía en pantalón de deporte y zapatillas de correr la maratón de Nueva York. Le miré directamente a las zapatillas: unas Nike rojas, con una válvula de no sé qué que se aprieta y te ajusta los pies dentro. Me miró y se dio cuenta del error, así que trató de esconder los pies en el escalón de los estrados, entre los cables del micrófono. Cuando me tocó preguntarle le miré a la cara, me quité las gafas, bajé la vista hasta las zapatillas e hice un mohín de sorpresa, hasta tres veces. Logré ponerle nervioso y contestó irritado consigo mismo, por haber venido disfrazado de atleta...
Salí contento, pero frustrado: no ganaría. Al llegar al despacho, con un bocata del Manolo y una Coca-cola bajo el brazo, sonreía amargamente. A salvo de miradas indiscretas, en el ascensor, canté y bailé: “could I act like you, and put a smile on my face. Not even for a second, would I lie to myself. Too many things are missing, and there's a tear in my eye. It's not a question or an answer, but it will change your mind”. Creo que no ganaré el juicio. “Na na na na na na na na na na na na na na na na”.
martes, 15 de julio de 2008
Como un náufrago, lo tiré todo
El domingo me levanté temprano, metí la bici en el coche, recogí a Andrés y a su hierro con pedales y nos fuimos a una esquina de la provincia, dispuestos a ver uno de los mejores paisajes de La Mancha. Con las primeras pedaladas sentí que me ahogaba. Algo no iba bien, llevaba demasiado peso encima, así que comencé a tirar cosas: demandas, preocupaciones, problemas, llamadas pendientes, reuniones que vienen y van, escritos, bolígrafos que no pintan, gente que habla de más y otros que no hablan y que me preocupan aún más… Todo, todo lo tiré por la borda. Y comencé a ir ligero, cargando solo con lo esencial en la cabeza y en el corazón. Solos la montaña y yo; preocupado solo de mirar el paisaje, subir y bajar más deprisa, esquivar ciervos suicidas y hablar del cambio climático y de los 37º que nos aplastaban contra el suelo.
La cámara no miente. La imagen fría capta dos ciclistas sonrientes, sin problemas.
La cámara no miente. La imagen fría capta dos ciclistas sonrientes, sin problemas.
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