viernes, 5 de septiembre de 2008

Vive la vida

No más mentiras. Ya no más. Me dijo.
Me quedé mirando, sorprendido. Ana vivió su propio infierno hace unos años. La droga le había quitado demasiadas cosas. Demasiado pronto se había hecho demasiado tarde y, cuando quiso darse cuenta, ya tenía una colección de juicios pendientes. Con el cuerpo medio destruido y la cabeza llena de voces se confió en su familia; comenzó un tratamiento rehabilitador, salió del agujero y decidió que jamás volvería a mentir. Que siempre diría la verdad. Ahora se conoce, sabe de lo que es capaz y es sincera consigo misma. Quiere vivir su propia vida –la que casi le roban–, quiere que la crean, quiere ser la ella que siempre quiso ser. Es joven y sabe lo que quiere.
Pasamos a juicio y dijo la verdad, que no se acordaba de nada. Pudo inventar lo que fuera, porque el denunciante no la recordaba. No la conocía de nada. Pero ella no mintió. Y eso le puede costar caro: puede que la condenen por algo que no ha hecho. Lo asume. Y no quiere traicionarse.
Me sorprendes, le dije al acabar el juicio. Y me haces más difícil mi trabajo, pero quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti.
Gracias.
A la vuelta, conduje distraído, pensando que aún hay gente excepcional. Y que por eso merece la pena trabajar en esto. Sonaba Coldplay, que es lo último con lo que atrono a mis vecinos: “for some reason I can not explain/I know Saint Peter will call my name/never an honest word/but that was when I ruled the world/Oooooh Oooooh Oooooh”. Y canté, gritando, pensando en ti, sientiéndome orgulloso de una raza humana que puede cambiar el curso de las cosas.



Esta canción me sabe a verano, a hierba, a mar, a Murcia quizá, a ensalada y, últimamente, a trébol. Y me emociona.

jueves, 4 de septiembre de 2008

El campeón y yo

Al salir del despacho hemos bromeado: encended la tele, que nos vamos a la zona vip, con la jet manchega y la miss España esa. Nos habían conseguido un par de pases de esos que te dejan entrar hasta la cocina y, dicho y hecho, nos hemos plantado en la salida de la Vuelta a España. Hemos visto a los mejores, nos hemos fotografiado con todos y hablado con unos pocos. Contador se me ha escapado y Alejandro Valverde era un latin lover acosado por mucha gente, así que he felicitado a Sastre que es un tío normal, además del ganador del Tour. Ánimo campeón, le he dicho. Gracias, ha contestado mientras sonreía a la cámara. Y de la miss España, ni rastro.

martes, 2 de septiembre de 2008

Algunos hombres no tan malos

Era sábado. Veía el ciclismo en la televisión medio adormilado. Me sonó el móvil.
¿Te dice algo el nombre de Juan Ignacio?
Pues no, no me dice demasiado. Me incorporé un poco.
Si, hombre: le hiciste un juicio rápido. Era de no sé qué pueblo, le trajo la Policía.
Ah, sí, sí... Ya sé quién es. ¿Qué pasa?
Que va camino de prisión.
Me quedé frío. Siempre me pasa. La tele empezó a sonar muy lejos y la cabeza empezó a revolver recuerdos. Creo que fue hace solo unas semanas cuando le asistí en el juzgado. En prisión ahora. Le denunció su mujer. De aquella no salió mal: se conformó con la pena que le pedía el fiscal. Había demasiados testigos y poca defensa; si se conformaba le bajarían la pena un tercio. Le recuerdo como si fuera hoy: alto, grande, fuerte y alterado. Muy alterado. Los efectos de la medicación se le fueron agotando a lo largo de la mañana. Se volvía cada vez más agresivo.
¿Cuándo tienes que tomar las pastillas de nuevo?
A la hora de comer.
Ya es la hora de comer: ¿las tienes?
No, están en casa.
Pues vaya. Pensé que había que darse prisa porque de un momento a otro comenzaría a decir barbaridades o a darse cabezazos –otra vez– contra las paredes.
¿Entiendes lo que te estoy explicando?
Sí.
¿Sí, seguro?
Sí, cógelo.
Juan Ignacio estaba alterado pero comprendió lo que pasaba: aceptó el acuerdo que me ofrecía la fiscal. Me dio pena entonces y me la da ahora. La prisión no es un buen sitio. No para él.