miércoles, 17 de septiembre de 2008

No te fies del animal herido

Lo malo de Ramón –pensaba a la vuelta– es que me conoce, porque es mi amigo. Por eso no hay nada peor que hacer un juicio con él como contrario, porque se adelanta a cada uno de mis trucos y movimientos. Ayer, por ejemplo, nada más meterme en su coche me amenazó con hacer la ola y tirarme un bolígrafo si me quitaba las gafas una vez, una única vez. A mi no me hagas esas tonterías, me dijo, que te vuelves andando. Y claro, con la presión de la amenaza uno no puede emplearse a fondo, así que mantuve las gafas encima de la nariz y las manos adheridas a la mesa. Aunque lo cierto es que ayer la cosa se limitaba a proponer prueba en la audiencia previa y tomarnos un café en la plaza mayor de Almagro (que es un sitio perfecto para tomar el fresco y dejar pasar la mañana), así que redujimos nuestros índices de beligerancia hasta el mínimo, limitándonos a un par de aclaraciones sobre no sé qué impugnación de un documento privado. Y todo, estoy seguro, para comprobar que estaba despierto. Eso sí, el juicio será otra cosa.
Al salir, nos tomamos el prometido café en la plaza, con Claudia y Luis Manuel, dos buenos compañeros y amigos de la zona, y el secretario del juzgado, con el que aprovechamos para criticar un poco el sistema judicial, la falta de medios y de ganas y lo duro que se hacía trabajar en septiembre.
Ya de vuelta a Ciudad Real, tras pasar por la nueva casa de Ramón –una envidia, con treinta metros cuadrados de terraza que ya quisiera yo para mi–, salía del juzgado sin haber cumplido con mi objetivo (hablar a la teniente fiscal), cuando me crucé con Mariola, siempre corriendo, siempre con prisas. Nos paramos a cruzar cuatro palabras y, de reojo, vi a otra compañera dentro, a través de la cristalera y me dio por pensar en los amigos que son y en los que fueron; en los que nunca fueron pero se lo hacían y en los que nunca serán. Y en los que veré este jueves en Valencia, en el Congreso Nacional de la Abogacía Joven. Y me vino a la memoria, no sé por qué, aquella canción que decía “no te fíes del animal herido”. No, no te fíes, le dije. Y sé que no me oyó. Porque no hay peor sordo (o sorda) que el que no quiere oír. Qué pena.
Cuando pienso en estas cosas, habitualmente de noche, suelo compatibilizar sentimientos de rabia y de melancolía. Menos mal que Charo y Pablo llegaron a tiempo, como siempre, y nos marchamos a probar la horchata de la Plaza Mayor.
PD: estaré en Valencia desde el jueves al domingo. Espero ansioso vuestras sugerencias. Y, si queréis algo del levante, me lo decís, claro.



Os dejo con una buena canción, que me acompaña estos días. Podéis escucharla bien alta, que no es estruendosa.

jueves, 11 de septiembre de 2008

No puedo fingir que me da igual

1.
No supe qué hacer, así que le puse la mano en su brazo. Me miró y dijo gracias muy bajito. Estaba llorando. Aparté la mirada, porque no soporto ver a una mujer llorar. Es algo extremadamente contagioso. La funcionaria seguía a lo suyo. Le tendió la comparencia para que la firmase y le dije que sí, que lo hiciese. Salimos fuera y se me hizo un nudo en la garganta cuando le confirmé que era cierto lo que le habían dicho, que la fiscal le pedía tres años de prisión.
Comenzó a llorar mansamente, con los brazos y el alma caídos.
No debes preocuparte, por ahora.
¿Ah, no?
Bueno, no ahora: no puedes solucionar nada, por mucho que te preocupes. Déjame que presente mi escrito de defensa y que preparemos el juicio.
Vale, dijo. Pero no dejó de llorar. Y ahí me quedé, de pie, sin saber qué hacer.
Pues sí que empezamos bien la mañana, pensé.
Venga, vamos para abajo, dije y la acompañé en silencio.
2.
¡Jefe! ¿Me prestas sesenta euros, que tengo que bajar a Málaga?
Pero bueno, ayer era a Sevilla…
Sí, bueno, es que he cambiado de opinión. Málaga me parece mejor.
Pues no, hoy tampoco cuela. Además hueles a vino que apestas.
3.
A media mañana tenía un juicio de divorcio. No suelo llevar asuntos de familia, por razones personales y porque no me da la gana. Pero este es diferente: mi cliente es un buen hombre, ingenuo y locamente enamorado, pero un buen hombre. Su mujer no se merece ni el tiempo que me llevaría describirla. Así que he preparado el juicio a conciencia
Tenemos un problema, me dijo la abogada contraria en la puerta del juzgado.
Pues dime.
Pues te cuento. Y me contó.
Pues habrá que avisárselo al juez, porque pretenderás suspender el juicio.
Sí, me dijo. Y el juicio se suspendió.
Cuando salimos mi cliente estaba quieto de cara al ventanal. Lloraba, como lloran los hombres, mansa y patéticamente. Se sorbía. Me desarmó.
No le pregunté, porque sé que lo que le dolía era la indiferencia de su mujer. Ella no le saludó, como si no existiera, después de todos estos años. Como un papelote que se tira al suelo.
Y acabé la mañana como la había empezado, sin saber qué hacer.
4.
Encendí el coche. La radio se encendió también.
Maldito corazón –cantaban– otra vez vuelves a dar un paso antes que yo.
Qué ironía, dije bajito. Por qué todo esto no me es tan ajeno, dije también. Bajé las ventanillas y me largué del juzgado.
Hoy necesito salir con la bici, pensé.

martes, 9 de septiembre de 2008

La audiencia previa

El juicio es la guerra. Siempre lo he pensado así. Quizá porque así me lo han enseñado. Quizá por eso no siento compasión del contrario; quizá porque el abogado contrario tampoco la siente por mí. Eso facilita las cosas, porque la elección se reduce a una: tú o yo, mi cliente o el tuyo, que es tanto como decir tú o yo. Por eso hoy tampoco he dudado…
Mientras hablaba al juez, he mirado de reojo al compañero: se le había borrado la sonrisa y miraba atónito el documento que movía entre mis manos. Ha pedido examinarlo. Lo ha hecho. He pensado rápido: acaba de perder la iniciativa, no le dejes pensar, interrúmpele. No había pasado dos páginas cuando he comenzado a descargar mi artillería dialéctica, saltándome todas las reglas de la audiencia previa.
–No soy quién para dar consejos procesales, pero entiendo que, a la vista de este documento, la parte actora debería desistir del procedimiento.
No está bien, he pensado: no debería haber dicho eso. Pero lo he dicho, así que he esperado, con media sonrisa, parapetado al otro lado de la sala de vistas. El abogado contrario ha devuelto el documento, me ha mirado y ha comenzado a revolver sus papeles. Estás nervioso, he pensado. He tosido un poco, me he quitado las gafas y, despacio, las he dejado en la mesa. Ha levantado la mirada y ha seguido el movimiento.
No lo hagas, he pensado. Hazlo, he deseado.
Y lo ha hecho. Me ha mirado a mí y ha embestido con unas explicaciones que nadie ha escuchado, en lugar de fingir indiferencia y decir algo así como “el documento aportado no desvirtúa en modo alguno las alegaciones efectuadas por esta parte, como tendremos ocasión de probar”. Pero es joven, como yo y ha decidido rápido y mal. Ha vacilado y sus clientes, el juez y yo lo hemos visto.
Y he mantenido mi sonrisa y la ventaja. Al menos hasta el día del juicio.
Al salir he mirado el cielo azul, he saludado a dos abogadas, hemos comprado “alfonsinos” –unos dulces que son mi perdición– y nos hemos tomado un café en la plaza. De vuelta, en el coche, he pensado que para ocasiones así me merezco un Aston Martin, azul y descapotable. Porque hoy me tocaba ganar. Mañana será otro día.