Han sido unos días complicados. Además del trabajo –urgente y complejo– se unieron unas jornadas en la universidad sobre la ley de acceso a la profesión de abogado. Participé como ponente y como anécdota entre otros muchos ponentes y varios centenares de alumnos somnolientos que resolvían complicados sudokus o leían uno de los muchos periódicos que se reparten en la facultad. Solo reaccionaban al chantaje emocional, al lenguaje directo o a mis anécdotas sobre el inicio de la profesión. No me lo pasé mal. Entre otros, participó una muchacha de Garrigues, volcada por completo a vendernos su producto: somos los mejores, los más felices y los más mejores de nuevo; y estamos en medio mundo y sabemos chino y vengo de Estocolmo y os lo digo y me quedo tan tranquila… Era buena. Muy buena. Pero un burro es siempre un burro y nadie me lo puede vender como caballo. Al terminar, no obstante, le dije que me había convencido, que yo también querría ser un abogado feliz de Garrigues; pero ella y yo sabíamos que no lo decía en serio y nos sonreímos pensando una lo idiota que es el otro, y el otro en cómo lograr una sonrisa de muñeco de cera. Por allí estaban también dos abogados jóvenes: uno de la asesoría jurídica de Ferrovial y otro de Adarve Abogados, que, entre otras cosas, perdió su blackberry a las cinco de la mañana.
También habló Luis Manuel, abogado, amigo y compañero en la junta de gobierno del colegio. Habló de su experiencia como “abogado de pueblo”, con un discurso emocionado y sincero –ajeno a las elementales directrices del véndame vd. su moto– que levantó aplausos de los trescientos alumnos y la veintena de abogados que estábamos allí. El propio Joaquín García-Romanillos (elegante en la distancia) se vio obligado a aclarar que un abogado es un abogado, allá donde esté y que no es mejor la abogacía de Madrid que la de Almagro. Y una leche, pensé yo. Pero esa es otra historia, que ya contaré en otra ocasión.
El viernes visita a Herrera de La Mancha: dos clientes –uno detrás de otro– me esperaban detrás del cristal de seguridad y los barrotes. Al otro lado, tristeza, lejía y frío; sensaciones que la muchacha de Garrigues desconoce por completo.
Hablando de vendedores de humo, ayer participé en una comida coloquio que organiza la agrupación de jóvenes abogados. No quería ir, pero las circunstancias y una llamada al móvil me convencieron. Comimos con Manuel Marín, presidente que fue del Congreso de los Diputados y reciente predicador del cambio climático. Nos vendió sus ideas, despacio, en voz baja, con esa apariencia tolerante-recién-llegado-de-vuelta-de-todo que tanto me irrita. Dio caña a los otros, dedicó ironías a los suyos y nos habló de sus cosas, sin que pudiéramos arrancarle qué pensaba de algo, de cualquier cosa. A veces, solo a veces, ser políticamente correcto, es insoportable incluso para uno mismo.
Al terminar de comer me fui al despacho, a trabajar un poco y poner orden en varias cosas. La tarde transcurrió tranquila y al salir, sin darme cuenta, las luces de la navidad se habían encendido en mi ciudad. Ya es Navidad.
sábado, 6 de diciembre de 2008
jueves, 27 de noviembre de 2008
La casa encendida
Últimamente hace mucho frío –apenas un triste grado, esta mañana– así que no es de extrañar que haya recibido con cierta frialdad a los peritos de los demandados. Mis clientes, sin embargo, estaban extrañamente animados. Han enseñado sus casas agrietadas como si fuera un museo: fíjense en esas grietas, aquella moldura, estas humedades. Hum… Qué maravilla, pensaba yo. Aquella grieta tiene forma de luna, pensaba también. Y me sonreía, mirando las molduras aztecas de la escayola del techo.
Los arquitectos apuntaban diligentemente, hacían fotos y se paseaban por la casa como el domador entre los leones. Al principio me mantuve alerta, pendiente de cada comentario, de cada mirada de los arquitectos. Pero me duró poco. A las dos horas paseaba por los pasillos como alma en pena. Medio aburrido, lanzaba miradas furtivas a los pedazos de realidad familiar que se escondían en cada casa: fotos, televisiones ultra-planas-de-plasma, paisajes plastificados de Van Gogh, recuerdos de un verano en Peñíscola, juguetes –miles de ellos–, cientos de películas y deuvedés, olores que se mascaban, gatos, perros y cobayas, patios, ventanas, cortinas, neveras, mecheros, invitaciones, cartas, miradas perplejas de familiares desconocidos y sonrientes, dibujos de niños, "te-quiero-mamá", adolescentes cuidando de bebés mientras chatean con amigos lejanos… Me deslizaba invisible como un cazador experimentado entre las intimidades familiares. Y juzgaba cada vida, cada familia. Estás triste, porque no puedes ser feliz con estos cuadros, me decía y al instante me sentía mal, por la frivolidad del pensamiento.
Cuántos libros, he dicho en una de las casas en un arrebato de sinceridad; hastiado de vulgaridad, quizá. Y se ha sonreído cuando he sacado “Matar a un Ruiseñor”. Lo he abierto y lo he olido, despacio, cerrando los ojos. Yo hago lo mismo, me ha dicho. Encima de la mesa, "Suite Francesa".
–¿Te está gustando?
–Sí, mucho. Hemos hablado. Tenía un brillo de inteligencia en los ojos y más de ciento cincuenta palabras para definir cada libro.
–Néstor, ¿nos vamos? Los peritos, desde la puerta, en su mundo de grietas y humedades y secciones de tubos y arquetas…
–Sí, esperad un momento. Pues tienes que leerte “Ardor en la sangre”, he dicho. Y me he ido. Y he salido sonriendo a la calle. Hacía frío. Pero el sol, por fin, calentaba.
Los arquitectos apuntaban diligentemente, hacían fotos y se paseaban por la casa como el domador entre los leones. Al principio me mantuve alerta, pendiente de cada comentario, de cada mirada de los arquitectos. Pero me duró poco. A las dos horas paseaba por los pasillos como alma en pena. Medio aburrido, lanzaba miradas furtivas a los pedazos de realidad familiar que se escondían en cada casa: fotos, televisiones ultra-planas-de-plasma, paisajes plastificados de Van Gogh, recuerdos de un verano en Peñíscola, juguetes –miles de ellos–, cientos de películas y deuvedés, olores que se mascaban, gatos, perros y cobayas, patios, ventanas, cortinas, neveras, mecheros, invitaciones, cartas, miradas perplejas de familiares desconocidos y sonrientes, dibujos de niños, "te-quiero-mamá", adolescentes cuidando de bebés mientras chatean con amigos lejanos… Me deslizaba invisible como un cazador experimentado entre las intimidades familiares. Y juzgaba cada vida, cada familia. Estás triste, porque no puedes ser feliz con estos cuadros, me decía y al instante me sentía mal, por la frivolidad del pensamiento.
Cuántos libros, he dicho en una de las casas en un arrebato de sinceridad; hastiado de vulgaridad, quizá. Y se ha sonreído cuando he sacado “Matar a un Ruiseñor”. Lo he abierto y lo he olido, despacio, cerrando los ojos. Yo hago lo mismo, me ha dicho. Encima de la mesa, "Suite Francesa".
–¿Te está gustando?
–Sí, mucho. Hemos hablado. Tenía un brillo de inteligencia en los ojos y más de ciento cincuenta palabras para definir cada libro.
–Néstor, ¿nos vamos? Los peritos, desde la puerta, en su mundo de grietas y humedades y secciones de tubos y arquetas…
–Sí, esperad un momento. Pues tienes que leerte “Ardor en la sangre”, he dicho. Y me he ido. Y he salido sonriendo a la calle. Hacía frío. Pero el sol, por fin, calentaba.
jueves, 20 de noviembre de 2008
El orgullo
No es la primera vez que me pasa, pero en esta ocasión me ha dolido de veras. Un abogado me ha citado en su recurso de apelación para criticar lo que –a su juicio– fue una “actitud desleal”; así, actitud-desleal-del-letrado. El recurso todavía me cita unas cuantas veces más, sin mencionar en ningún caso que le gané el pleito con costas, que le desestimaron la demanda porque es un chapucero y porque no se prepara las cosas. Tampoco dice que la compañía de seguros para la que trabaja le ha tirado de las orejas. No, no lo dice.
Y me duele. Y me duele aún más que me duela, porque lo que me duele de veras es el orgullo. Ay, el orgullo. Es difícil de explicar. No hay nada peor que un corazón orgulloso herido: es como una marea desbocada y autodestructiva, que no descansa, ni duerme ni olvida. El orgullo envilece, sin duda. Te hace imprudente, antisocial, odioso. Y solo caes en la cuenta cuando es demasiado tarde.
He pensado en denunciarle al colegio por una infracción deontológica (sí, los abogados tenemos un Código Deontológico), desquitarme en mi escrito de contestación a su patético recurso, ponerme en contacto con la compañía de seguros para explicarles lo lamentable que es su abogado… Pienso en ello de noche. Y me duermo, apretando los dientes, arrullado por el ruido amargo de la venganza y del viento corriendo afuera entre las antenas. Pero luego llega el amanecer y me olvido. Y así un día y otro.
Mañana haré el escrito y pasaré por alto sus palabras.
Compórtate como un caballero, me han dicho. No. No lo haré por eso. Lo haré porque soy olvidadizo para lo bueno y lo malo. Porque yo soy así.
Y me duele. Y me duele aún más que me duela, porque lo que me duele de veras es el orgullo. Ay, el orgullo. Es difícil de explicar. No hay nada peor que un corazón orgulloso herido: es como una marea desbocada y autodestructiva, que no descansa, ni duerme ni olvida. El orgullo envilece, sin duda. Te hace imprudente, antisocial, odioso. Y solo caes en la cuenta cuando es demasiado tarde.
He pensado en denunciarle al colegio por una infracción deontológica (sí, los abogados tenemos un Código Deontológico), desquitarme en mi escrito de contestación a su patético recurso, ponerme en contacto con la compañía de seguros para explicarles lo lamentable que es su abogado… Pienso en ello de noche. Y me duermo, apretando los dientes, arrullado por el ruido amargo de la venganza y del viento corriendo afuera entre las antenas. Pero luego llega el amanecer y me olvido. Y así un día y otro.
Mañana haré el escrito y pasaré por alto sus palabras.
Compórtate como un caballero, me han dicho. No. No lo haré por eso. Lo haré porque soy olvidadizo para lo bueno y lo malo. Porque yo soy así.
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