miércoles, 11 de febrero de 2009

El idiota

Hadiya es alta, morena, hermosa y árabe. Tiene dos hijos pequeños, muy pequeños. Se casó hace diez años, en su tierra, con un cretino que hoy la ha dejado por una eslava rubia de ojos azules y pocos compromisos vitales. Vino a verme porque quiere divorciarse, con la esperanza de que su marido pase a sus hijos una pensión de alimentos.
Cuéntame, le dije.
Y me contó la historia de su vida, de sus esfuerzos por dejar a su familia, su patria, por seguir a su marido. De su hijos, que son todo para ella. De los últimos meses. De la distancia que le separa de su esposo. De un corazón roto… Pude leer más de su sufrimiento en sus ojos de color de miel que en sus palabras, porque a veces las mujeres no saben hablar con la voz. El niño pequeño dejó de llorar, me miró. Papá, dijo. Le miré sorprendido. Hadiya le dijo algo y el niño comenzó a llorar desconsoladamente sin dejar de mirarme. Le acarició el rostro con ternura justo en el momento en que pensé en destruir al esposo fugado.
Más tarde les despedí en el ascensor. Te llamo la semana que viene, le dije. Y cerré.

Cuéntalo, me dijo Álvaro.
Y, ¿de qué hablo?
De lo idiotas que podemos ser los hombres en ocasiones.

lunes, 9 de febrero de 2009

Dormir

bajo cuatro mantas. Oír el viento aullando fuera. Tocar el frío. Leer a Dostoievski primero y a Michael Chabon después. Calentarme en un radiador de hierro. Reírme. Emocionarme. Bailar bajo la nieve de Segovia. Olvidarme de todo. Comenzar de nuevo.
Eso y mucho más es lo que he hecho este fin de semana.

jueves, 5 de febrero de 2009

El nacimiento de un súper héroe

Decían de él que había asaltado a dos muchachos a punta de navaja, que les había quitado la calderilla de los bolsillos y que les había atemorizado con unas consecuencias desastrosas si se atrevían a denunciar. Sostenía el fiscal de menores que mi cliente corría el riesgo de convertirse en un delincuente peligroso, así que pidió del juzgado la adopción de una medida cautelar: internamiento en régimen abierto en un centro de menores.
La situación familiar del menor no era la ideal, así que no me opuse. El menor y su madre tampoco. Al salir del juzgado, mientras esperábamos al director del centro, el menor habló por teléfono con sus amigos: cuando salga de esta se van a enterar, les decía. Yo le miraba atentamente. No deja de ser un adolescente, pensé. Y a los adolescentes les encanta convertirse en víctimas incomprendidas de este mundo de adultos. Le hice una seña:
–Mira –le dije– te lo voy a decir una única vez: puedes tomarte esto como quieras, pero lo cierto es que la vida te ha concedido una segunda oportunidad. Puedes quedarte como estás y convertirte en un cretino. Terminarás en prisión, enfermo y drogadicto, y morirás a los veinticinco años, tirado en una cuneta, después de vivir una mierda de vida. O puedes aprovechar estos meses para estudiar, aprender un oficio, aprender a leer y escribir, ser lo que siempre soñaste ser… Y el día de mañana tendrás tu propio taller, un buen coche, tu familia, tus hijos y una casita en el campo a la que llevarás a tus padres los fines de semana. Elige. Pero elige tú, no dejes que nadie decida sobre tu vida.
Me miraba atentamente. Su madre también me miraba. Tenía el teléfono en la mano:
–¿Se pué poné? E mi marío. Etá en prisió.
–¿Dígame?
El hombre llamaba desde prisión, agotando la última comunicación telefónica que le quedaba. No sabía nada: se acababa de enterar y estaba sinceramente preocupado por su hijo. Le conté a grandes rasgos lo que había sucedido, la medida de internamiento a la que se iba a someter su hijo y la oportunidad que tenía de rehacer su vida. El hombre, al otro lado de la línea, se echó a llorar.
–Cuide de él, por favor. Haga lo que pueda, abogado; no sé cómo, pero le pagaré, por Dios, que le pagaré... No deje que se convierta en alguien como yo.
Colgamos. Miré al menor.
–¿Qué ha dicho?
–Elige.