1.- De un juez
No sea coactivo interrogando. Me pierdo y enfada al interrogado.
2.- De un abogado
Nunca des nada por sentado. No te fies ni de tu padre. Estudia para ser el mejor.
3.- De un amigo
El puñetazo en la mesa es el último reducto. Rompes cualquier posibilidad de hacer cualquier otra cosa. Detrás no hay más pasos y no hay vuelta.
4.- De alguien a quien quiero
Haz lo que te dé la gana, pero que no sufra tu hígado.
[Y, ahora que lo pienso, ¿hasta cuándo podré ser joven abogado?]
jueves, 11 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
Chocolate
Me encanta. No siempre fue así, pero el caso es que ahora me encanta. He probado de todos los tipos y tamaños, experimentando con los sabores como un explorador en busca del tesoro. Un tesoro que –como muchas otras cosas deliciosas– el viejo mundo encontró en el nuevo.
Bebed, dijeron los mayas.
Y los exploradores bebieron.
Bebida de reyes, dijeron.
Y los soldados bebieron. Sintieron el delicioso beso del chocolate y sucumbieron a la maldición de Moctezuma, enamorados de una tierra que les regalaba una vida nueva.
Yo también he sido maldecido. Yo también he bebido, como un conquistador. Y alimentado por su beso he caminado días y noches, sin cansarme, sin necesidad de otro alimento.
Bebed, dijeron los mayas.
Y los exploradores bebieron.
Bebida de reyes, dijeron.
Y los soldados bebieron. Sintieron el delicioso beso del chocolate y sucumbieron a la maldición de Moctezuma, enamorados de una tierra que les regalaba una vida nueva.
Yo también he sido maldecido. Yo también he bebido, como un conquistador. Y alimentado por su beso he caminado días y noches, sin cansarme, sin necesidad de otro alimento.

PD: me han regalado chocolate. Mi preferido hasta hoy era el Ghirardelli. Ahora, por razones que sería largo de contar, me enloquece el zChocolat. Y para que no os pongáis a pensar mucho, os dejo con Regina Spektor y una canción que me emociona y que canto a menudo.
martes, 23 de febrero de 2010
Malicia
No me extrañó que me dijeran que lo tenía esperándome, porque le había enviado una carta muy dura. Me gusta confiarme a mi primera impresión así que no me extrañó ver la malicia en sus ojos y en los de su madre anciana cuando entré en la sala de juntas. Me puse en guardia. El hombre adeudaba cinco meses de renta a mi cliente. Enarboló la carta delante de mi cara como si fueran las noventa y cinco tesis de Lutero; decía estar indignado con las infamias que ahí se decían.
He pagado hasta la última peseta, rugió.
Demuéstremelo, le dije sin perder la paciencia.
Y comenzó a revolver papeles. Me bastaron cinco minutos para estar harto de aguantarles así que así que crucé los brazos y me recosté en la silla. Comencé a estar incómodo. La mesa se llenó de papelotes: recibos de renta, ingresos de la basura, gastos de pequeñas reparaciones, facturas de Vodafone, pagos de no sé qué… Pero los cinco meses que debía no aparecían por ningún sitio. A los diez minutos dejé las manos encima de la mesa y gruñí: no dejo de tener la sensación de que me toma por tonto y pretende tomarme el pelo así que seré muy claro, o paga en cinco días o le echo de la casa en menos de un mes.
No se asustó demasiado, quizá porque conocía que los engranajes de la justicia funcionan como siempre. Total, que se fueron como habían venido, indignados, incomprendidos y deudores.
El jueves nos vimos de nuevo en el pasillo del juzgado. Nunca fue tan fácil un juicio: el hombre, acompañado por la sombra eterna de su madre, reconoció que no había pagado, que debía ocho meses de renta y los recibos de la basura. Y que ya había dejado la vivienda y me traía las llaves.
El juez le cortó cuando pretendió sacar su lista de cuitas y desventuras.
Le miré. Es el típico caradura, pensé. Se aprovecha de la gente buena y les deja empantanados de deudas. La crisis le ha convertido en una alimaña. Sobrevive, entre desahucios, rentas sin pagar y ejecuciones imposibles. Bajo su aspecto inofensivo se esconde un caradura. No es el rey de esta jungla, pero sobrevive.
¿A quién engañará ahora?
He pagado hasta la última peseta, rugió.
Demuéstremelo, le dije sin perder la paciencia.
Y comenzó a revolver papeles. Me bastaron cinco minutos para estar harto de aguantarles así que así que crucé los brazos y me recosté en la silla. Comencé a estar incómodo. La mesa se llenó de papelotes: recibos de renta, ingresos de la basura, gastos de pequeñas reparaciones, facturas de Vodafone, pagos de no sé qué… Pero los cinco meses que debía no aparecían por ningún sitio. A los diez minutos dejé las manos encima de la mesa y gruñí: no dejo de tener la sensación de que me toma por tonto y pretende tomarme el pelo así que seré muy claro, o paga en cinco días o le echo de la casa en menos de un mes.
No se asustó demasiado, quizá porque conocía que los engranajes de la justicia funcionan como siempre. Total, que se fueron como habían venido, indignados, incomprendidos y deudores.
El jueves nos vimos de nuevo en el pasillo del juzgado. Nunca fue tan fácil un juicio: el hombre, acompañado por la sombra eterna de su madre, reconoció que no había pagado, que debía ocho meses de renta y los recibos de la basura. Y que ya había dejado la vivienda y me traía las llaves.
El juez le cortó cuando pretendió sacar su lista de cuitas y desventuras.
Le miré. Es el típico caradura, pensé. Se aprovecha de la gente buena y les deja empantanados de deudas. La crisis le ha convertido en una alimaña. Sobrevive, entre desahucios, rentas sin pagar y ejecuciones imposibles. Bajo su aspecto inofensivo se esconde un caradura. No es el rey de esta jungla, pero sobrevive.
¿A quién engañará ahora?
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