1. Salí del despacho el lunes a media tarde. El calor aún era sofocante así que busqué la sombra. Devolví dos llamadas breves. Llamé a una abogada amiga –un verdadero tiburón– a la que le debía una información sobre la mediación penal. Nos reímos un rato. Nos contamos los proyectos para las vacaciones y mi intención de pegarle fuego al despacho. Me aconsejó dos o tres cuestiones técnicas. Pasé por la iglesia de Santiago y entré. Me senté. Había un chico joven al que conocía y una chica joven que me sonaba de algo y no sé de qué.
2. El martes llamé al juzgado de lo contencioso y me trataron especialmente bien. He de reconocer que me sorprendió. A las 11.30 había quedado con un cliente y –tras solucionar unas cosas de trámite– nos fuimos al Ayuntamiento. Me sorprendí de nuevo: tanto el funcionario de urbanismo como dos chicas que estaban detrás de un mostrador nos trataron con delicadeza, nos informaron pacientemente y nos despidieron sonrientes. Al salir el calor apretaba tanto que no dudamos, nos metimos en un bar. Sonreía. Con la cerveza fresquita en la mano, a salvo de la vida, pensé que es curioso cómo mi estado de ánimo se ve afectado por cómo me tratan los demás. Antes de comer devolví algunas llamadas. Hablé con José Luís y con Estela –mi funcionaria favorita del Ayuntamiento–, que había leído no sé qué de mi blog y le había parecido triste (creo que era lo del niño que pegaba a sus padres).
3. El día corrió tanto, que tuve que ir con la lengua fuera para seguirle. No vale la pena llegar así al miércoles, pensé. Por la tarde, mi amigo Pablo me salvó la vida con un café, granizado y con leche. Su mujer, mi amiga, está embarazada. Hablamos, nos reímos y quedamos para comer el viernes. Hablé un ratillo con mi prima viajera –una sonrisa con dos ojos color café y un corazón muy grande– de sus proyectos, de sus últimas aventuras, de conocidos comunes, de adrenalina. Siempre que hablo con ella me hace sonreír.
Por la noche, a las tantas, un mensaje en el móvil: “stoy cn el marques y tngo el placer d darte la primicia: me voy a tomar 4 chupitos nestor aparicio andino!” Me he asomado a la ventana, riendo. Mañana contesto, he dicho. Y sonriendo he vuelto a la cama, mientras Ciudad Real agota un día de fiesta.
4. Al llegar al despacho he visto la bici plegable que José Luis prometió. Me he echado a reír. He decidido que aún no estaba todo perdido. Rápidamente se ha congregado todo el mundo a ver la flamante bici. La hemos plegado y desplegado, tocado, mirado, puesto y quitado la pata de cabra; nos hemos reído con nuestras ocurrencias, hemos hecho planes y apuestas y nos hemos puesto a trabajar. A media mañana había quedado con dos clientes para denunciar en el juzgado y –como es obvio– he ido en bici. He saludado a diestro y siniestro, he repartido bendiciones y sorteado atascos. Hoy no prenderé fuego al despacho, he pensado. He hablado con Santi: ¿cenamos el viernes? Vale. ¿Llamo yo a esta gente?
5. Mañana comienzo mis vacaciones.
jueves, 31 de julio de 2008
lunes, 28 de julio de 2008
Los vientos que te nombran
Sostengo que las fotografías dicen mucho si uno sabe mirarlas con atención. Por ejemplo, esta en la que estamos mi hermano y yo en Denia, este sábado. Habla de una mudanza, de una paella valenciana comida en la mejor compañía, de una competición entre Burger King y McDonald's (que ganó aquella con un whooper completo). De destornilladores que desatornillaron varios muebles, de un colchón no plegable plegado en mi coche, de aquella furgoneta que nunca alquilamos.
Y de un mar azul, de cuatro ojos beige sahara, de una ensalada murciana, de buenas conversaciones y de buenos conversadores, de llamadas telefónicas, de un buen paseo por Murcia, de una misa con un coro gospel, del viento del levante.
Habla de descanso.
Sé que no me pega la canción, pero te gustará, aunque es triste (porque todos los cantautores son tristes)
jueves, 24 de julio de 2008
Por qué siempre es tan difícil
Llevo diez minutos frente al expediente. El muchacho se llama Alberto y el fiscal de menores le acusa de tantas cosas, que no sé por dónde empezar. Comienzo a leer, con un bolígrafo en la mano y un par de folios. Denuncia su padre, hace un año aproximadamente. Apunto la fecha. Al parecer su hijo desaparece a primera hora, camino del colegio y vuelve después. Bueno, parece todo normal. Pues no, no lo es: la criatura no va al colegio; se ha echado unos amigos poco estudiosos, suspende cada examen y, cuando le dicen que deje la play station y el messenger, insulta a su madre. Espera –dejo el bolígrafo–, ¿cómo que insulta a su madre? ¿Qué clase de persona insultaría a su madre? Sigo leyendo: fuma hachís, ha amenazado a su madre y quiere irse a Alicante, con sus amigos poco estudiosos. Así, de corrido.
Paso unos folios de cosas inútiles: declaración de los padres en fiscalía. Más de lo mismo. Añaden que su hijo no responde a la educación que pretenden darle, que les insulta, que da patadas a las puertas, les dice “borracho y cabrón, puta y guarra”. La convivencia, al parecer, se ha vuelto insoportable. Llego a la declaración del menor: "mis padres están locos". No es mala salida. No si quieres llegar al barranco. El informe del equipo técnico es demoledor: menor con riesgo alto, dicen. Y tanto.
Ya no apunto nada. Miro el reloj y pienso. El muchacho tiene quince años. Sus padres y la sociedad, ganas de quitárselo de encima. Yo no sé qué quiero... Sí, sí que lo sé: ahora tengo que hacer el escrito de defensa, porque entre la ley de la selva y el estado de derecho solo hay un escrito, el mío. Hasta que un juez no diga lo contrario, Alberto es inocente como un pajarillo.
Pero, ¿por dónde empiezo?
Paso unos folios de cosas inútiles: declaración de los padres en fiscalía. Más de lo mismo. Añaden que su hijo no responde a la educación que pretenden darle, que les insulta, que da patadas a las puertas, les dice “borracho y cabrón, puta y guarra”. La convivencia, al parecer, se ha vuelto insoportable. Llego a la declaración del menor: "mis padres están locos". No es mala salida. No si quieres llegar al barranco. El informe del equipo técnico es demoledor: menor con riesgo alto, dicen. Y tanto.
Ya no apunto nada. Miro el reloj y pienso. El muchacho tiene quince años. Sus padres y la sociedad, ganas de quitárselo de encima. Yo no sé qué quiero... Sí, sí que lo sé: ahora tengo que hacer el escrito de defensa, porque entre la ley de la selva y el estado de derecho solo hay un escrito, el mío. Hasta que un juez no diga lo contrario, Alberto es inocente como un pajarillo.
Pero, ¿por dónde empiezo?
martes, 22 de julio de 2008
Una noche de un martes cualquiera
Me acosté. Al otro lado de la ventana el verano y la noche. Una vecina –ris, ris– colgaba la ropa, tres o cuatro muchachos hablaban y reían, una sirena de la policía a lo lejos. Los vecinos veían una película en silencio y, al otro lado de la cochera, una chuletada se extinguía con los adioses y volved cuando queráis. Música a lo lejos. Las campanadas de la Catedral. No las cuentes. Lo he hecho: eran doce.
Decidí probar suerte y me puse los tapones en los oídos. Silencio absoluto, al menos durante unos segundos. Entonces recordé que mañana me vence una contestación a una demanda, tengo que redactar un contrato de arrendamiento, dos o tres demandas, reclamar por la pérdida de una máquina, notificarme unas cosas en el juzgado de menores y en instrucción 3 y quedar con Pablo y con Andrés y con Ramón…
Con los ojos como platos, tumbado, pensé si no prefiero el ruido de fuera.
Decidí probar suerte y me puse los tapones en los oídos. Silencio absoluto, al menos durante unos segundos. Entonces recordé que mañana me vence una contestación a una demanda, tengo que redactar un contrato de arrendamiento, dos o tres demandas, reclamar por la pérdida de una máquina, notificarme unas cosas en el juzgado de menores y en instrucción 3 y quedar con Pablo y con Andrés y con Ramón…
Con los ojos como platos, tumbado, pensé si no prefiero el ruido de fuera.
jueves, 17 de julio de 2008
El interrogatorio
Lo peor de todo –lo que me sacó de quicio– es que me miró desafiante. No lo debió hacer, pero lo hizo. Entró en sala sonriendo, se puso delante del micrófono y me miró con media sonrisa en la boca. Lo cierto es que no las tenía todas conmigo, pero tenía que defender a mi cliente. Para eso estaba allí. Pero ya que estoy, te voy a borrar esa sonrisa de cretino, me dije.
Cuando me tocó el turno, le descargué toda la artillería, hasta que comenzó a ponerse nervioso. A los diez minutos sudaba. Le sonreí. El cuello de la camiseta le molestaba, se miraba a los pies y paseaba la lengua por los labios de forma compulsiva. Lanzó una evasiva. Error, pensé. Le ruego que me conteste a lo que le he preguntado, le dije. Cuando terminé con él, ya no sonreía. Se sentó al fondo, con sus compañeros. Me miró detenidamente y le devolví mi mejor mirada y mi mejor sonrisa.
Entró el segundo de los testigos. Era grandote y fuerte. Le miré desde estrados. Es primario, pensé, a este le saco todo. Me equivoqué. Se defendió bien y no pude sacarle lo que quería sacarle. Solo se puso nervioso cuando le pregunté quién era el superior jerárquico.
Bien, no ha ido tan mal, pensé, mientras buscaba las preguntas al siguiente de los testigos. Entró. Era joven, pequeño y con cara de listo. No estaba asustado. Este será difícil, pensé, es calculador. Contestó bien a la primera pregunta. Se le veía seguro. Le miré y me tomé mi tiempo. Plan B, dije. Le dediqué el mejor de mis movimientos: mientras me quitaba las gafas le pregunté serio, despacio, como si fuera tonto, “oiga, ¿vd. era el oficial al mando de la operación, verdad?” Dudó y se miró los pies. ¡Zas! Había ganado la iniciativa, así que el resto del interrogatorio fue detrás de mí, con la lengua fuera, poniendo parches a las preguntas que le llovían.
El cuarto testigo parecía avispado, pero venía en pantalón de deporte y zapatillas de correr la maratón de Nueva York. Le miré directamente a las zapatillas: unas Nike rojas, con una válvula de no sé qué que se aprieta y te ajusta los pies dentro. Me miró y se dio cuenta del error, así que trató de esconder los pies en el escalón de los estrados, entre los cables del micrófono. Cuando me tocó preguntarle le miré a la cara, me quité las gafas, bajé la vista hasta las zapatillas e hice un mohín de sorpresa, hasta tres veces. Logré ponerle nervioso y contestó irritado consigo mismo, por haber venido disfrazado de atleta...
Salí contento, pero frustrado: no ganaría. Al llegar al despacho, con un bocata del Manolo y una Coca-cola bajo el brazo, sonreía amargamente. A salvo de miradas indiscretas, en el ascensor, canté y bailé: “could I act like you, and put a smile on my face. Not even for a second, would I lie to myself. Too many things are missing, and there's a tear in my eye. It's not a question or an answer, but it will change your mind”. Creo que no ganaré el juicio. “Na na na na na na na na na na na na na na na na”.
Cuando me tocó el turno, le descargué toda la artillería, hasta que comenzó a ponerse nervioso. A los diez minutos sudaba. Le sonreí. El cuello de la camiseta le molestaba, se miraba a los pies y paseaba la lengua por los labios de forma compulsiva. Lanzó una evasiva. Error, pensé. Le ruego que me conteste a lo que le he preguntado, le dije. Cuando terminé con él, ya no sonreía. Se sentó al fondo, con sus compañeros. Me miró detenidamente y le devolví mi mejor mirada y mi mejor sonrisa.
Entró el segundo de los testigos. Era grandote y fuerte. Le miré desde estrados. Es primario, pensé, a este le saco todo. Me equivoqué. Se defendió bien y no pude sacarle lo que quería sacarle. Solo se puso nervioso cuando le pregunté quién era el superior jerárquico.
Bien, no ha ido tan mal, pensé, mientras buscaba las preguntas al siguiente de los testigos. Entró. Era joven, pequeño y con cara de listo. No estaba asustado. Este será difícil, pensé, es calculador. Contestó bien a la primera pregunta. Se le veía seguro. Le miré y me tomé mi tiempo. Plan B, dije. Le dediqué el mejor de mis movimientos: mientras me quitaba las gafas le pregunté serio, despacio, como si fuera tonto, “oiga, ¿vd. era el oficial al mando de la operación, verdad?” Dudó y se miró los pies. ¡Zas! Había ganado la iniciativa, así que el resto del interrogatorio fue detrás de mí, con la lengua fuera, poniendo parches a las preguntas que le llovían.
El cuarto testigo parecía avispado, pero venía en pantalón de deporte y zapatillas de correr la maratón de Nueva York. Le miré directamente a las zapatillas: unas Nike rojas, con una válvula de no sé qué que se aprieta y te ajusta los pies dentro. Me miró y se dio cuenta del error, así que trató de esconder los pies en el escalón de los estrados, entre los cables del micrófono. Cuando me tocó preguntarle le miré a la cara, me quité las gafas, bajé la vista hasta las zapatillas e hice un mohín de sorpresa, hasta tres veces. Logré ponerle nervioso y contestó irritado consigo mismo, por haber venido disfrazado de atleta...
Salí contento, pero frustrado: no ganaría. Al llegar al despacho, con un bocata del Manolo y una Coca-cola bajo el brazo, sonreía amargamente. A salvo de miradas indiscretas, en el ascensor, canté y bailé: “could I act like you, and put a smile on my face. Not even for a second, would I lie to myself. Too many things are missing, and there's a tear in my eye. It's not a question or an answer, but it will change your mind”. Creo que no ganaré el juicio. “Na na na na na na na na na na na na na na na na”.
martes, 15 de julio de 2008
Como un náufrago, lo tiré todo
El domingo me levanté temprano, metí la bici en el coche, recogí a Andrés y a su hierro con pedales y nos fuimos a una esquina de la provincia, dispuestos a ver uno de los mejores paisajes de La Mancha. Con las primeras pedaladas sentí que me ahogaba. Algo no iba bien, llevaba demasiado peso encima, así que comencé a tirar cosas: demandas, preocupaciones, problemas, llamadas pendientes, reuniones que vienen y van, escritos, bolígrafos que no pintan, gente que habla de más y otros que no hablan y que me preocupan aún más… Todo, todo lo tiré por la borda. Y comencé a ir ligero, cargando solo con lo esencial en la cabeza y en el corazón. Solos la montaña y yo; preocupado solo de mirar el paisaje, subir y bajar más deprisa, esquivar ciervos suicidas y hablar del cambio climático y de los 37º que nos aplastaban contra el suelo.
La cámara no miente. La imagen fría capta dos ciclistas sonrientes, sin problemas.
La cámara no miente. La imagen fría capta dos ciclistas sonrientes, sin problemas.
viernes, 11 de julio de 2008
Lo mejor de él
Cuando la vida le aburre hace cosas locas, como beber hasta emborracharse y cantar canciones sin letra ni melodía y ofrecer y pedir cigarros. A veces lloraba de pena y entonces se iba a una cabina y la llamaba por teléfono. No le decía nada, solo quería oír su voz. Porque ella no le quería, porque había pedido el divorcio.
Pero había días en que cantar y beber no era suficiente: quería verla, fuese como fuese. Entonces se metía en el coche y conducía hasta su casa y espiaba desde la calle con la esperanza de que se asomara a la ventana o sacara la basura o el perro a pasear. Y entonces la veía, siquiera fugazmente. Y se amodorraba en el coche, esperando el amanecer, con una sonrisa en los labios, feliz o aparentemente feliz.
Hace un tiempo, el deseo fue tan intenso que se metió en el coche, con la mala suerte de encontrarse con un control preventivo de alcoholemia de la Guardia Civil. Le dieron el alto, pero él tenía prisa, no podía llegar tarde. Unos minutos después y ella ya habría sacado la basura y no podría verla, así que decidió apretar el acelerador y saltarse el control. Perdió los mandos del vehículo y se fue a dar contra un coche estacionado. Se acabó todo, pensó, ya no llegaría nunca, ya no la vería.
Le detuvieron. Dio positivo en el control de alcoholemia e inmovilizaron el vehículo.
La Guardia Civil no entendió nada. Se limitó a hacerle soplar y rellenar el atestado.
No entendió que ella era lo mejor de él.
Pero había días en que cantar y beber no era suficiente: quería verla, fuese como fuese. Entonces se metía en el coche y conducía hasta su casa y espiaba desde la calle con la esperanza de que se asomara a la ventana o sacara la basura o el perro a pasear. Y entonces la veía, siquiera fugazmente. Y se amodorraba en el coche, esperando el amanecer, con una sonrisa en los labios, feliz o aparentemente feliz.
Hace un tiempo, el deseo fue tan intenso que se metió en el coche, con la mala suerte de encontrarse con un control preventivo de alcoholemia de la Guardia Civil. Le dieron el alto, pero él tenía prisa, no podía llegar tarde. Unos minutos después y ella ya habría sacado la basura y no podría verla, así que decidió apretar el acelerador y saltarse el control. Perdió los mandos del vehículo y se fue a dar contra un coche estacionado. Se acabó todo, pensó, ya no llegaría nunca, ya no la vería.
Le detuvieron. Dio positivo en el control de alcoholemia e inmovilizaron el vehículo.
La Guardia Civil no entendió nada. Se limitó a hacerle soplar y rellenar el atestado.
No entendió que ella era lo mejor de él.
lunes, 7 de julio de 2008
Conversaciones
1.
En una librería. Afuera ardía.
¿Has visto algo?
Hum… Sí. Este.
Dámelo.
¿Qué?
Que te quiero regalar un libro.
2.
¿Sabes una cosa?
¿Qué?
Que me acuerdo de todo aquello que me dijiste de dedicar más tiempo a otras cosas, que el trabajo no fuera todo, que la familia y los amigos no sufrieran con nuestras ausencias…
Sí, yo también.
3.
Salimos de la notaría, al sol.
¿Le habéis dicho lo que ocurrió?
No.
Nos quedamos en silencio. Miré el reloj.
Te tienes que ir, ¿verdad?
Sí.
Dime, Néstor, ¿cómo le dirías a tu madre que uno de sus hijos se ha suicidado? Que ha abandonado esta vida por la puerta de atrás, que ha preparado cada detalle para quitarse la vida, pero se ha olvidado de despedirse... ¿Cómo decirle que su hija pequeña se ha marchado sin decir adiós?
Ya.
Me metí en el coche. Puro fuego, dentro y fuera. Encendí el aire acondicionado y abrí las ventanas. Miré al parque y algo dentro de mi gritó: ¡deprisa! ¡Deprisa! ¡Apresúrate a vivir!
4.
Llegaba tarde a la fiscalía de menores y me estaba esperando el compañero contrario.
Espero que tengas coartada.
¿Vale con que es lunes?
Sí. Me vale. ¿Cómo lo ves, por cierto?
Pues veo que a tu cliente le gusta pegar demasiado.
No más que al tuyo. ¿O es que te crees lo que te ha dicho?
Es mi cliente. Me paga. Y le creo.
No te paga por creer, sino para que le defiendas.
En una librería. Afuera ardía.
¿Has visto algo?
Hum… Sí. Este.
Dámelo.
¿Qué?
Que te quiero regalar un libro.
2.
¿Sabes una cosa?
¿Qué?
Que me acuerdo de todo aquello que me dijiste de dedicar más tiempo a otras cosas, que el trabajo no fuera todo, que la familia y los amigos no sufrieran con nuestras ausencias…
Sí, yo también.
3.
Salimos de la notaría, al sol.
¿Le habéis dicho lo que ocurrió?
No.
Nos quedamos en silencio. Miré el reloj.
Te tienes que ir, ¿verdad?
Sí.
Dime, Néstor, ¿cómo le dirías a tu madre que uno de sus hijos se ha suicidado? Que ha abandonado esta vida por la puerta de atrás, que ha preparado cada detalle para quitarse la vida, pero se ha olvidado de despedirse... ¿Cómo decirle que su hija pequeña se ha marchado sin decir adiós?
Ya.
Me metí en el coche. Puro fuego, dentro y fuera. Encendí el aire acondicionado y abrí las ventanas. Miré al parque y algo dentro de mi gritó: ¡deprisa! ¡Deprisa! ¡Apresúrate a vivir!
4.
Llegaba tarde a la fiscalía de menores y me estaba esperando el compañero contrario.
Espero que tengas coartada.
¿Vale con que es lunes?
Sí. Me vale. ¿Cómo lo ves, por cierto?
Pues veo que a tu cliente le gusta pegar demasiado.
No más que al tuyo. ¿O es que te crees lo que te ha dicho?
Es mi cliente. Me paga. Y le creo.
No te paga por creer, sino para que le defiendas.
jueves, 3 de julio de 2008
Una anodina mañana de verano
Antes de salir al juzgado me ha dado tiempo a echar un vistazo al juicio rápido que pretendía suspender esta mañana: unas amenazas de un mal futuro más bien incierto y sin fundamento. Poca cosa, he pensado. Como ayer presenté un escrito pidiendo la citación judicial de tres testigos, no debería haber ningún problema para suspenderlo. De camino al juzgado me he cruzado con una compañera, abrazada a su toga, y con una procuradora –qué fresquito más rico, sí, sí, esta noche incluso me he arropado, sí, esperemos que dure, no, qué va, este fin de semana vuelve el calor, bueno adiós, adiós– que suelo confundir con otra, de forma que ya no sé muy bien quién es quién.
Al llegar, la juez me ha cortado la explicación, suplicándome que lo que tuviera que decir lo dijera en sala. He refunfuñado un poco, porque no me había traído mi toga y tengo una resistencia natural a ponerme las del Colegio (algunas se tienen de pie solas y otras ya traen abogado dentro), pero he terminado por bajarme a la sala, togado y apoyado en el aire acondicionado.
El juicio, como es natural, se ha suspendido, hasta mitad de mes, acordándose la citación de mis testigos para “no incurrir en indefensión”. Hay que ver cómo somos, he pensado al salir al pasillo: en el pasado juzgué mal a esta juez. Me equivoqué y es justo decirlo. Ahora la veo trabajadora, exacta y fundamentada, aunque en ocasiones no me dé la razón y me reviente.
Dos minutos después de despedir a mi cliente, he dejado la toga, he presentado un par de escritos, dos demandas, he saludado a todo el mundo –incluida a la Benemérita, que cuida fielmente de que no se cuele ningún hooligan indocumentado en el edificio– y me he bajado al despacho. Me he acordado de que le debía un café con cruasán a un amigo, así que le he llamado: "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Me ha salido una onomatopeya de difícil reproducción escrita y he apretado con firmeza el botón de colgar y dos o tres más.
Pero era demasiado tarde: el solo recuerdo, la imagen, del cruasán de La Deliciosa ligeramente embadurnado en no sé qué, había despertado en mi el deseo brutal, telúrico, animal y desproporcionado de tomarme un café, así que recé para encontrarme con alguien. Apenas a quinientos metros del despacho me llama Óscar:
–¿Te hace un café?
–Pse, venga. Esta vez invito yo.
–En cinco minutos en tu puerta.
–Vale.
Media hora más tarde, una vez solucionado el mundo, una información pública de un P.A.U. y la liberación de Ingrid, volvía al despacho, dispuesto a quitarme de en medio una barricada que me ha crecido en primera línea de la mesa. He leído algunos correos electrónicos: “actualiza pf”, decía uno.
–Ya… Pero, ¿qué cuento?
–No sé, cualquier cosa. Tu mañana de hoy.
–Pero es que no me ha ocurrido nada.
–No siempre tiene que ocurrirte algo.
Pues eso: esta es una anodina mañana de verano. Una mañana cualquiera en la vida de un abogado de provincias. Sin glamour, pero con cruasán.
Al llegar, la juez me ha cortado la explicación, suplicándome que lo que tuviera que decir lo dijera en sala. He refunfuñado un poco, porque no me había traído mi toga y tengo una resistencia natural a ponerme las del Colegio (algunas se tienen de pie solas y otras ya traen abogado dentro), pero he terminado por bajarme a la sala, togado y apoyado en el aire acondicionado.
El juicio, como es natural, se ha suspendido, hasta mitad de mes, acordándose la citación de mis testigos para “no incurrir en indefensión”. Hay que ver cómo somos, he pensado al salir al pasillo: en el pasado juzgué mal a esta juez. Me equivoqué y es justo decirlo. Ahora la veo trabajadora, exacta y fundamentada, aunque en ocasiones no me dé la razón y me reviente.
Dos minutos después de despedir a mi cliente, he dejado la toga, he presentado un par de escritos, dos demandas, he saludado a todo el mundo –incluida a la Benemérita, que cuida fielmente de que no se cuele ningún hooligan indocumentado en el edificio– y me he bajado al despacho. Me he acordado de que le debía un café con cruasán a un amigo, así que le he llamado: "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Me ha salido una onomatopeya de difícil reproducción escrita y he apretado con firmeza el botón de colgar y dos o tres más.
Pero era demasiado tarde: el solo recuerdo, la imagen, del cruasán de La Deliciosa ligeramente embadurnado en no sé qué, había despertado en mi el deseo brutal, telúrico, animal y desproporcionado de tomarme un café, así que recé para encontrarme con alguien. Apenas a quinientos metros del despacho me llama Óscar:
–¿Te hace un café?
–Pse, venga. Esta vez invito yo.
–En cinco minutos en tu puerta.
–Vale.
Media hora más tarde, una vez solucionado el mundo, una información pública de un P.A.U. y la liberación de Ingrid, volvía al despacho, dispuesto a quitarme de en medio una barricada que me ha crecido en primera línea de la mesa. He leído algunos correos electrónicos: “actualiza pf”, decía uno.
–Ya… Pero, ¿qué cuento?
–No sé, cualquier cosa. Tu mañana de hoy.
–Pero es que no me ha ocurrido nada.
–No siempre tiene que ocurrirte algo.
Pues eso: esta es una anodina mañana de verano. Una mañana cualquiera en la vida de un abogado de provincias. Sin glamour, pero con cruasán.
Por si os aburro, al menos os pongo una canción. Es la versión acústica de Hands Down de Dashboard Confessional, porque no he encontrado la original. No es mala versión, vaya.
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