“Acordaos de mi”. No sé porqué, pero ayer me venían a la cabeza esas palabras: acordaos de mi.
Ayer nos fuimos a comer todos los del despacho; no faltó nadie, ni Rosa, que ha sido madre por segunda vez y continua de permiso. Ayer José Luis celebraba sus treinta años de colegiado: un 13 de abril de 1976 se daba de alta como abogado ejerciente en el Ilustre Colegio de Abogados de Ciudad Real, del que –con el tiempo– llegaría a ser decano, como su padre. A lo largo de treinta años de profesión se acumulan muchas anécdotas, mucha vida, muchos compañeros, jueces, fiscales y funcionarios que han desfilado ante sus ojos y que, como el agua sobre las piedras, han pasado sin dejar rastro. El caso es que nos reímos mucho recordando sucesos –los mismos de siempre, pero que nos hacen la misma gracia que la primera vez–: los clientes y amigos y sus ocurrencias, algún que otro asunto de tono más bien surrealista, el día a día del despacho que siempre da para mucho y nuestras propias ambiciones y esperanzas, que dan para mucho más.
Y me acorde de Héctor, “el derrotado: lo tenéis que recordar de pie, en la popa de aquella nave, rodeado por el fuego. Héctor, el muerto que por tres veces sería arrastrado por Aquiles alrededor de las murallas de su ciudad. A él tenéis que recordarlo vivo, y victorioso, y resplandeciente con sus armas de plata y de bronce. De una reina aprendí las palabras que ahora me han quedado y que quiero deciros a vosotros: acordaos de mí, acordaos de mí, y olvidad mi destino” (Alessandro Baricco, Homero, Ilíada).
Y me hice un propósito. Pase lo que pase en adelante, nada cambiará mi opinión por vosotros. Nada.
sábado, 14 de abril de 2007
viernes, 6 de abril de 2007
Quitar importancia, o no dársela, a una cosa o a un asunto
“Pues ¿sabes que te digo? Que, a partir de ahora, todo es gratis: que has vuelto a nacer”, me dijo y se quedó tan fresco. Asentí. No hizo falta nada más, porque él y yo nos entendimos; porque desde hacía unas semanas había empezado la ardua tarea de aprender a trivializar lo trivial y dar importancia a lo verdaderamente importante.
El 11 de febrero de 2007 me desperté en el hospital con un generoso dolor de cabeza, veintiséis puntos de sutura y el ligero recuerdo de que –apenas unas horas antes– estaba montando en bici y bajando por la ladera de una montaña (es un decir, porque se trata de un cerro). Me caí, de cabeza y sin casco (siempre lo llevo), perdí el conocimiento y solo la rápida intervención de los que me acompañaban (Darío y Javi, gracias mil) evitó Dios sabe qué.
Tras cuarenta y ocho horas de observación, una semana de reposo y un mes de dolores diversos, me he repuesto y, de tal forma, que he vuelto a salir con mi bici de montaña (la foto, como documental).
Hasta aquí la introducción, porque en realidad pensaba escribir sobre la sentencia de un juzgado de lo penal que condena a un padre de familia a tres meses y veintiún días de prisión y quince meses de alejamiento de su hija, por agredirla con una zapatilla; considera el magistrado que la reacción del acusado no fue ni "proporcionada ni oportuna ni necesaria". Un zapatillazo... No soy hombre de consejos, pero a ese juez y a esa pobre familia, les daría uno: trivializad las cosas y disfrutad de la vida.
El 11 de febrero de 2007 me desperté en el hospital con un generoso dolor de cabeza, veintiséis puntos de sutura y el ligero recuerdo de que –apenas unas horas antes– estaba montando en bici y bajando por la ladera de una montaña (es un decir, porque se trata de un cerro). Me caí, de cabeza y sin casco (siempre lo llevo), perdí el conocimiento y solo la rápida intervención de los que me acompañaban (Darío y Javi, gracias mil) evitó Dios sabe qué.Tras cuarenta y ocho horas de observación, una semana de reposo y un mes de dolores diversos, me he repuesto y, de tal forma, que he vuelto a salir con mi bici de montaña (la foto, como documental).
Hasta aquí la introducción, porque en realidad pensaba escribir sobre la sentencia de un juzgado de lo penal que condena a un padre de familia a tres meses y veintiún días de prisión y quince meses de alejamiento de su hija, por agredirla con una zapatilla; considera el magistrado que la reacción del acusado no fue ni "proporcionada ni oportuna ni necesaria". Un zapatillazo... No soy hombre de consejos, pero a ese juez y a esa pobre familia, les daría uno: trivializad las cosas y disfrutad de la vida.
lunes, 2 de abril de 2007
Nunca me ha defraudado
Bien, lo cierto es que en ocasiones voy al Asilo de las Hermanas de los Ancianitos Desamparados a ayudar a servir las cenas, dar conversación a los ancianos y recoger los servicios. Voy menos de lo que debería, pero el caso es que tampoco ayuda mucho el hecho de que la cena se sirva a las 19.30 horas.
Este domingo fui. Llegué tarde y –como estaba especialmente torpe– hice mal la mayoría de las cosas que intenté: casi derribo a un anciano al dar marcha atrás con una pila de platos, recogí los vasos (que los domingos-night no se recogen) y me llevé el plato de un residente cuando aún no había terminado su plátano... En definitiva, creo que colaboré de forma bastante eficaz al desamparo de los ancianitos, pero me puse a buenas con el mundo, porque al fin y al cabo creo que es más lo que ellos hacen por mi, que lo que yo pueda hacer por ellos. Me hacen pisar la tierra en la que vivo.
Al acabar y mientras me despedía, topé con la portera –monja, por cierto, y de un fino sentido del humor– y me enganche porque ella tenía ganas de hablar y porque fuera llovía y no tenía ganas de mojarme (esperaré a que escampe, me dije). La monja me contó que había hecho sus bodas de oro (¡50 años!) y que “nunca había estado tan feliz como ahora”. Algo me hizo escuchar esa voz suave y cadenciosa: “Dios me sedujo y yo me dejé seducir… y desde entonces nunca me ha defraudado”.
Pensé: nunca. Es demasiado. De regreso a mi casa traté de meterme de lleno en “El enigma de las arenas” (Robert Erskine Childers) pero no dejaba de dar vueltas al torpedo que me había lanzado la monja: nunca me ha defraudado. Definitivamente había topado con una mujer enamorada perdidamente, que conserva –al cabo de cincuenta años– un amor dulce de recién casada. Mientras haya gente así en esta tierra no está todo perdido.
Este domingo fui. Llegué tarde y –como estaba especialmente torpe– hice mal la mayoría de las cosas que intenté: casi derribo a un anciano al dar marcha atrás con una pila de platos, recogí los vasos (que los domingos-night no se recogen) y me llevé el plato de un residente cuando aún no había terminado su plátano... En definitiva, creo que colaboré de forma bastante eficaz al desamparo de los ancianitos, pero me puse a buenas con el mundo, porque al fin y al cabo creo que es más lo que ellos hacen por mi, que lo que yo pueda hacer por ellos. Me hacen pisar la tierra en la que vivo.
Al acabar y mientras me despedía, topé con la portera –monja, por cierto, y de un fino sentido del humor– y me enganche porque ella tenía ganas de hablar y porque fuera llovía y no tenía ganas de mojarme (esperaré a que escampe, me dije). La monja me contó que había hecho sus bodas de oro (¡50 años!) y que “nunca había estado tan feliz como ahora”. Algo me hizo escuchar esa voz suave y cadenciosa: “Dios me sedujo y yo me dejé seducir… y desde entonces nunca me ha defraudado”.
Pensé: nunca. Es demasiado. De regreso a mi casa traté de meterme de lleno en “El enigma de las arenas” (Robert Erskine Childers) pero no dejaba de dar vueltas al torpedo que me había lanzado la monja: nunca me ha defraudado. Definitivamente había topado con una mujer enamorada perdidamente, que conserva –al cabo de cincuenta años– un amor dulce de recién casada. Mientras haya gente así en esta tierra no está todo perdido.
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