1.- En el tren, ansioso de bucear en “El hombre del salto” de Don Delillo. Tres chicas y un muchacho, de vecinos al otro lado del pasillo. Adolescentes. Hablaban. Gritaban obscenidades. De bragas, tangas, sexo y tetas. Y comían –entre carcajadas dolorosas– no sé qué porquería artificial, de olor penetrante y bolsa ruidosa. Añoré el mp3, el mp4, un ipod, un billete de [hu]ida a las Seychelles, un traje de buzo que me aislara… No sé, el contemptus mundi.
–¿Sabrán éstos apreciar el esfuerzo de la flor del almendro? ¿De los conquistadores? ¿Del hombre que pisó la luna? –me pregunté.
Tetas, culos, jaJAja…
–Creo que no.
2.- Esta noche he soñado que me caía. He esperado el batacazo, pero no ha llegado, así que me he acostumbrado a caer: le he cogido gusto a la caída libre, hasta que me sobresaltado en la cama. Era de día: anoche me olvidé de poner el despertador.
3.- Un fantoche que canta no sé qué del chiki-chiki representará a España en Eurovisión. Ya nada me extraña, pero todo me duele. No soy Petronio –arbiter elegantiae–, pero no hace falta serlo. Pienso en el exilio.
4.- Escucho a Joe Purdy –I've been thinking of you–, no todo está perdido.
5.- Vale, tengo gripe.
lunes, 10 de marzo de 2008
jueves, 6 de marzo de 2008
El fracaso
Me preguntó con la mirada y le contesté con un gesto leve, imperceptible, afirmativo. Contundente. Iría a prisión. Tras la comparecencia del 505 [de la Ley de Enjuiciamiento Criminal], era cuestión de minutos. Pasados quince, la juez me hizo entrega de la resolución: prisión provisional, comunicada y sin fianza. Alberto me miró. Aún tenía las manos esposadas. Se dobló entero, con un junco tronchado, hasta apoyar la cabeza en la mesa. No se quejó. Lloró. Temblaba. Por Dios, dijo, dejadme ver a mi hija, por Dios.
–No puedo, de veras, no puedo hacerlo, me dijo la juez en un aparte. Y entonces pensé que a ella le costaba tanto dictar esa orden, como a mi asumirla. Por primera vez comprendí que ellos también sufren. Como yo. Y allí, de pie, a las nueve de la noche, nos vi –a ella y a mi– iguales, frustrados por el fracaso de la humanidad. Por primera vez.
–No puedo, de veras, no puedo hacerlo, me dijo la juez en un aparte. Y entonces pensé que a ella le costaba tanto dictar esa orden, como a mi asumirla. Por primera vez comprendí que ellos también sufren. Como yo. Y allí, de pie, a las nueve de la noche, nos vi –a ella y a mi– iguales, frustrados por el fracaso de la humanidad. Por primera vez.
martes, 4 de marzo de 2008
Para siempre
No sé cómo empezar, así que supongo que lo mejor es empezar sin más: el viernes no me apetecía en absoluto viajar a Bilbao y celebrar mi cumpleaños fuera de mi casa y mi familia; pero lo hice y fui plenamente recompensado, más de lo que me merezco. Nada más llegar al hotel, me encontré con Graciela y Javier, así que dejamos los trastos en las habitaciones y nos fuimos a comer. Deambulamos por el casco viejo hasta dar con el sitio ideal en la Plaza Nueva, pero, como suele suceder, el lugar ideal no satisfizo nuestras expectativas, así que –tras unos pinchitos de rigor– dimos con nuestros huesos en otro mejor, con una cervecita estupenda y unos pintxos con denominación de origen.
A las 19.30 era la inauguración, así que ducha, cambio de ropa y paseíllo hasta el colegio de abogados (a tres minutos escasos del hotel). El decano, un hombre llano e inteligente, alabó Euskadi, Vizcaya, a la Confederación Española de Abogados Jóvenes y a la agrupación de Vizcaya; le faltó el Athletic: olvido imperdonable para los oriundos. Al salir, después del cóctel y los abrazos de bienvenida, el hambre hizo acto de presencia, así que pusimos a prueba la fama de Víctor Montes y de un garito llamado Memorial (ambas merecidas).
El sábado todo empezaba temprano, así que aparecimos con cara de sueño en el colegio con bastante puntualidad, aún a sabiendas de que el inicio –como siempre– se demoraría. Pronto empezaron las llamadas y los mensajes (“que sepas que somos muchos los que te queremos”). La reunión me sorprendió (es la segunda vez que lo hace) por el contenido, las intervenciones, la preparación y el trabajo que desarrollamos. Dispuse de mi minuto de gloria, desde la tribuna de oradores, para explicar las actividades de mi agrupación y despedirme. Estaba emocionado y nervioso, pero creo que no se me notó. Me habría gustado poder dar las gracias a todos mis amigos, pero no lo hice; estaba fuera de lugar, me dije. Solo me permití la excepción con mi amiga Lola, con una cita que solo ambos conocemos y que la hizo reír y sonrojarse un poco (y que le gustó, lo sé). Al terminar, Mayte me agradeció mis palabras y los dos años en CEAJ. Sergio, el presidente de CEAJ, tomó la palabra y me dio también las gracias por lo que he podido aportar a la confederación… Y el móvil no paraba de vibrar en mi bolsillo con mensajes y llamadas que no podía atender.
A las 18.30, visita guiada al Guggenheim: Richard Serra es lo más bestia, sutil y magnífico que he visto en mi vida. Paseamos, experimentamos y –aunque esté mal– tocamos cada obra; todo ello además aliñado con las llamadas al teléfono: Rosita, Ana, Daniel, María y Mariíta (ese cumpleaños feliz sirvió de banda sonora a los tulipanes de Jeff Koons), Rodolfo, Paco y su novia desde el coche… Salí de allí emocionado, lleno de vida. Nos fuimos al hotel a ver al Atleti y oir al Madrid, con el tiempo justo para darnos una ducha y oír, otra vez (y van tres), a las princesas del País de Nunca Jamás y su increíble interpretación del “coconano fili”. Y me volví a emocionar y aún me quedaba, porque en la cena Graciela tuvo la magnífica idea de incoar el cumpleaños feliz en la mesa y de brindar y yo, que soy tímido, pues me sonrojé. No me quedaba ni rastro de las dudas que me acechaban el viernes, estaba a gusto entre amigos y no cambiaría por nada esas horas.
Después volvimos a brindar por el tripartito, me abroncaron, me hicieron prometer que iría a Ronda y a Valencia, que nos seguiríamos viendo. Y cantamos con Fito y los Fitipaldis. Dijimos tonterías. Nos dimos abrazos. Hicimos planes. Despedidas a media voz. Adioses que significaban hasta mañana y hasta mañanas que significaban adioses.
El domingo me despedí del tripartito con un “hasta luego” emocionado y un pedazo de algo se me fue. Luego comimos (Pepe mucho, Rafa, Miguel Ángel y yo de forma moderada) y disfrutamos de la visita guiada. A media tarde, mientras Beatriz dormitaba con su mp3 en un sillón del hotel, quedé con Marta a tomar café y me sonreí al ver que habla igual que escribe… Un verdadero placer, por cierto.
Esa noche, al salir de Barajas, mientras escuchaba con mi hermano la canción con la que os dejo, recordaba cada minuto, cada risa, cada rostro. Cada despedida, que no lo es, porque es un hasta luego. Porque son mis amigos y los amigos son para siempre.
A las 19.30 era la inauguración, así que ducha, cambio de ropa y paseíllo hasta el colegio de abogados (a tres minutos escasos del hotel). El decano, un hombre llano e inteligente, alabó Euskadi, Vizcaya, a la Confederación Española de Abogados Jóvenes y a la agrupación de Vizcaya; le faltó el Athletic: olvido imperdonable para los oriundos. Al salir, después del cóctel y los abrazos de bienvenida, el hambre hizo acto de presencia, así que pusimos a prueba la fama de Víctor Montes y de un garito llamado Memorial (ambas merecidas).
El sábado todo empezaba temprano, así que aparecimos con cara de sueño en el colegio con bastante puntualidad, aún a sabiendas de que el inicio –como siempre– se demoraría. Pronto empezaron las llamadas y los mensajes (“que sepas que somos muchos los que te queremos”). La reunión me sorprendió (es la segunda vez que lo hace) por el contenido, las intervenciones, la preparación y el trabajo que desarrollamos. Dispuse de mi minuto de gloria, desde la tribuna de oradores, para explicar las actividades de mi agrupación y despedirme. Estaba emocionado y nervioso, pero creo que no se me notó. Me habría gustado poder dar las gracias a todos mis amigos, pero no lo hice; estaba fuera de lugar, me dije. Solo me permití la excepción con mi amiga Lola, con una cita que solo ambos conocemos y que la hizo reír y sonrojarse un poco (y que le gustó, lo sé). Al terminar, Mayte me agradeció mis palabras y los dos años en CEAJ. Sergio, el presidente de CEAJ, tomó la palabra y me dio también las gracias por lo que he podido aportar a la confederación… Y el móvil no paraba de vibrar en mi bolsillo con mensajes y llamadas que no podía atender.
A las 18.30, visita guiada al Guggenheim: Richard Serra es lo más bestia, sutil y magnífico que he visto en mi vida. Paseamos, experimentamos y –aunque esté mal– tocamos cada obra; todo ello además aliñado con las llamadas al teléfono: Rosita, Ana, Daniel, María y Mariíta (ese cumpleaños feliz sirvió de banda sonora a los tulipanes de Jeff Koons), Rodolfo, Paco y su novia desde el coche… Salí de allí emocionado, lleno de vida. Nos fuimos al hotel a ver al Atleti y oir al Madrid, con el tiempo justo para darnos una ducha y oír, otra vez (y van tres), a las princesas del País de Nunca Jamás y su increíble interpretación del “coconano fili”. Y me volví a emocionar y aún me quedaba, porque en la cena Graciela tuvo la magnífica idea de incoar el cumpleaños feliz en la mesa y de brindar y yo, que soy tímido, pues me sonrojé. No me quedaba ni rastro de las dudas que me acechaban el viernes, estaba a gusto entre amigos y no cambiaría por nada esas horas.
Después volvimos a brindar por el tripartito, me abroncaron, me hicieron prometer que iría a Ronda y a Valencia, que nos seguiríamos viendo. Y cantamos con Fito y los Fitipaldis. Dijimos tonterías. Nos dimos abrazos. Hicimos planes. Despedidas a media voz. Adioses que significaban hasta mañana y hasta mañanas que significaban adioses.
El domingo me despedí del tripartito con un “hasta luego” emocionado y un pedazo de algo se me fue. Luego comimos (Pepe mucho, Rafa, Miguel Ángel y yo de forma moderada) y disfrutamos de la visita guiada. A media tarde, mientras Beatriz dormitaba con su mp3 en un sillón del hotel, quedé con Marta a tomar café y me sonreí al ver que habla igual que escribe… Un verdadero placer, por cierto.
Esa noche, al salir de Barajas, mientras escuchaba con mi hermano la canción con la que os dejo, recordaba cada minuto, cada risa, cada rostro. Cada despedida, que no lo es, porque es un hasta luego. Porque son mis amigos y los amigos son para siempre.
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