Cuando la vida le aburre hace cosas locas, como beber hasta emborracharse y cantar canciones sin letra ni melodía y ofrecer y pedir cigarros. A veces lloraba de pena y entonces se iba a una cabina y la llamaba por teléfono. No le decía nada, solo quería oír su voz. Porque ella no le quería, porque había pedido el divorcio.
Pero había días en que cantar y beber no era suficiente: quería verla, fuese como fuese. Entonces se metía en el coche y conducía hasta su casa y espiaba desde la calle con la esperanza de que se asomara a la ventana o sacara la basura o el perro a pasear. Y entonces la veía, siquiera fugazmente. Y se amodorraba en el coche, esperando el amanecer, con una sonrisa en los labios, feliz o aparentemente feliz.
Hace un tiempo, el deseo fue tan intenso que se metió en el coche, con la mala suerte de encontrarse con un control preventivo de alcoholemia de la Guardia Civil. Le dieron el alto, pero él tenía prisa, no podía llegar tarde. Unos minutos después y ella ya habría sacado la basura y no podría verla, así que decidió apretar el acelerador y saltarse el control. Perdió los mandos del vehículo y se fue a dar contra un coche estacionado. Se acabó todo, pensó, ya no llegaría nunca, ya no la vería.
Le detuvieron. Dio positivo en el control de alcoholemia e inmovilizaron el vehículo.
La Guardia Civil no entendió nada. Se limitó a hacerle soplar y rellenar el atestado.
No entendió que ella era lo mejor de él.
viernes, 11 de julio de 2008
lunes, 7 de julio de 2008
Conversaciones
1.
En una librería. Afuera ardía.
¿Has visto algo?
Hum… Sí. Este.
Dámelo.
¿Qué?
Que te quiero regalar un libro.
2.
¿Sabes una cosa?
¿Qué?
Que me acuerdo de todo aquello que me dijiste de dedicar más tiempo a otras cosas, que el trabajo no fuera todo, que la familia y los amigos no sufrieran con nuestras ausencias…
Sí, yo también.
3.
Salimos de la notaría, al sol.
¿Le habéis dicho lo que ocurrió?
No.
Nos quedamos en silencio. Miré el reloj.
Te tienes que ir, ¿verdad?
Sí.
Dime, Néstor, ¿cómo le dirías a tu madre que uno de sus hijos se ha suicidado? Que ha abandonado esta vida por la puerta de atrás, que ha preparado cada detalle para quitarse la vida, pero se ha olvidado de despedirse... ¿Cómo decirle que su hija pequeña se ha marchado sin decir adiós?
Ya.
Me metí en el coche. Puro fuego, dentro y fuera. Encendí el aire acondicionado y abrí las ventanas. Miré al parque y algo dentro de mi gritó: ¡deprisa! ¡Deprisa! ¡Apresúrate a vivir!
4.
Llegaba tarde a la fiscalía de menores y me estaba esperando el compañero contrario.
Espero que tengas coartada.
¿Vale con que es lunes?
Sí. Me vale. ¿Cómo lo ves, por cierto?
Pues veo que a tu cliente le gusta pegar demasiado.
No más que al tuyo. ¿O es que te crees lo que te ha dicho?
Es mi cliente. Me paga. Y le creo.
No te paga por creer, sino para que le defiendas.
En una librería. Afuera ardía.
¿Has visto algo?
Hum… Sí. Este.
Dámelo.
¿Qué?
Que te quiero regalar un libro.
2.
¿Sabes una cosa?
¿Qué?
Que me acuerdo de todo aquello que me dijiste de dedicar más tiempo a otras cosas, que el trabajo no fuera todo, que la familia y los amigos no sufrieran con nuestras ausencias…
Sí, yo también.
3.
Salimos de la notaría, al sol.
¿Le habéis dicho lo que ocurrió?
No.
Nos quedamos en silencio. Miré el reloj.
Te tienes que ir, ¿verdad?
Sí.
Dime, Néstor, ¿cómo le dirías a tu madre que uno de sus hijos se ha suicidado? Que ha abandonado esta vida por la puerta de atrás, que ha preparado cada detalle para quitarse la vida, pero se ha olvidado de despedirse... ¿Cómo decirle que su hija pequeña se ha marchado sin decir adiós?
Ya.
Me metí en el coche. Puro fuego, dentro y fuera. Encendí el aire acondicionado y abrí las ventanas. Miré al parque y algo dentro de mi gritó: ¡deprisa! ¡Deprisa! ¡Apresúrate a vivir!
4.
Llegaba tarde a la fiscalía de menores y me estaba esperando el compañero contrario.
Espero que tengas coartada.
¿Vale con que es lunes?
Sí. Me vale. ¿Cómo lo ves, por cierto?
Pues veo que a tu cliente le gusta pegar demasiado.
No más que al tuyo. ¿O es que te crees lo que te ha dicho?
Es mi cliente. Me paga. Y le creo.
No te paga por creer, sino para que le defiendas.
jueves, 3 de julio de 2008
Una anodina mañana de verano
Antes de salir al juzgado me ha dado tiempo a echar un vistazo al juicio rápido que pretendía suspender esta mañana: unas amenazas de un mal futuro más bien incierto y sin fundamento. Poca cosa, he pensado. Como ayer presenté un escrito pidiendo la citación judicial de tres testigos, no debería haber ningún problema para suspenderlo. De camino al juzgado me he cruzado con una compañera, abrazada a su toga, y con una procuradora –qué fresquito más rico, sí, sí, esta noche incluso me he arropado, sí, esperemos que dure, no, qué va, este fin de semana vuelve el calor, bueno adiós, adiós– que suelo confundir con otra, de forma que ya no sé muy bien quién es quién.
Al llegar, la juez me ha cortado la explicación, suplicándome que lo que tuviera que decir lo dijera en sala. He refunfuñado un poco, porque no me había traído mi toga y tengo una resistencia natural a ponerme las del Colegio (algunas se tienen de pie solas y otras ya traen abogado dentro), pero he terminado por bajarme a la sala, togado y apoyado en el aire acondicionado.
El juicio, como es natural, se ha suspendido, hasta mitad de mes, acordándose la citación de mis testigos para “no incurrir en indefensión”. Hay que ver cómo somos, he pensado al salir al pasillo: en el pasado juzgué mal a esta juez. Me equivoqué y es justo decirlo. Ahora la veo trabajadora, exacta y fundamentada, aunque en ocasiones no me dé la razón y me reviente.
Dos minutos después de despedir a mi cliente, he dejado la toga, he presentado un par de escritos, dos demandas, he saludado a todo el mundo –incluida a la Benemérita, que cuida fielmente de que no se cuele ningún hooligan indocumentado en el edificio– y me he bajado al despacho. Me he acordado de que le debía un café con cruasán a un amigo, así que le he llamado: "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Me ha salido una onomatopeya de difícil reproducción escrita y he apretado con firmeza el botón de colgar y dos o tres más.
Pero era demasiado tarde: el solo recuerdo, la imagen, del cruasán de La Deliciosa ligeramente embadurnado en no sé qué, había despertado en mi el deseo brutal, telúrico, animal y desproporcionado de tomarme un café, así que recé para encontrarme con alguien. Apenas a quinientos metros del despacho me llama Óscar:
–¿Te hace un café?
–Pse, venga. Esta vez invito yo.
–En cinco minutos en tu puerta.
–Vale.
Media hora más tarde, una vez solucionado el mundo, una información pública de un P.A.U. y la liberación de Ingrid, volvía al despacho, dispuesto a quitarme de en medio una barricada que me ha crecido en primera línea de la mesa. He leído algunos correos electrónicos: “actualiza pf”, decía uno.
–Ya… Pero, ¿qué cuento?
–No sé, cualquier cosa. Tu mañana de hoy.
–Pero es que no me ha ocurrido nada.
–No siempre tiene que ocurrirte algo.
Pues eso: esta es una anodina mañana de verano. Una mañana cualquiera en la vida de un abogado de provincias. Sin glamour, pero con cruasán.
Al llegar, la juez me ha cortado la explicación, suplicándome que lo que tuviera que decir lo dijera en sala. He refunfuñado un poco, porque no me había traído mi toga y tengo una resistencia natural a ponerme las del Colegio (algunas se tienen de pie solas y otras ya traen abogado dentro), pero he terminado por bajarme a la sala, togado y apoyado en el aire acondicionado.
El juicio, como es natural, se ha suspendido, hasta mitad de mes, acordándose la citación de mis testigos para “no incurrir en indefensión”. Hay que ver cómo somos, he pensado al salir al pasillo: en el pasado juzgué mal a esta juez. Me equivoqué y es justo decirlo. Ahora la veo trabajadora, exacta y fundamentada, aunque en ocasiones no me dé la razón y me reviente.
Dos minutos después de despedir a mi cliente, he dejado la toga, he presentado un par de escritos, dos demandas, he saludado a todo el mundo –incluida a la Benemérita, que cuida fielmente de que no se cuele ningún hooligan indocumentado en el edificio– y me he bajado al despacho. Me he acordado de que le debía un café con cruasán a un amigo, así que le he llamado: "el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Me ha salido una onomatopeya de difícil reproducción escrita y he apretado con firmeza el botón de colgar y dos o tres más.
Pero era demasiado tarde: el solo recuerdo, la imagen, del cruasán de La Deliciosa ligeramente embadurnado en no sé qué, había despertado en mi el deseo brutal, telúrico, animal y desproporcionado de tomarme un café, así que recé para encontrarme con alguien. Apenas a quinientos metros del despacho me llama Óscar:
–¿Te hace un café?
–Pse, venga. Esta vez invito yo.
–En cinco minutos en tu puerta.
–Vale.
Media hora más tarde, una vez solucionado el mundo, una información pública de un P.A.U. y la liberación de Ingrid, volvía al despacho, dispuesto a quitarme de en medio una barricada que me ha crecido en primera línea de la mesa. He leído algunos correos electrónicos: “actualiza pf”, decía uno.
–Ya… Pero, ¿qué cuento?
–No sé, cualquier cosa. Tu mañana de hoy.
–Pero es que no me ha ocurrido nada.
–No siempre tiene que ocurrirte algo.
Pues eso: esta es una anodina mañana de verano. Una mañana cualquiera en la vida de un abogado de provincias. Sin glamour, pero con cruasán.
Por si os aburro, al menos os pongo una canción. Es la versión acústica de Hands Down de Dashboard Confessional, porque no he encontrado la original. No es mala versión, vaya.
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