viernes, 20 de febrero de 2009

Defragmentando

1.-
Cuando conduzco suelo ir silencioso. Me gusta abandonarme a mis pensamientos, con la música a tope. Entonces me descapoto, abro las compuertas de mi cabeza y los recuerdos se mezclan con la agenda, los problemas, las llamadas que no he hecho… Recuerdos olvidados adquieren entonces vital importancia. Sensaciones, conversaciones, cafés a media mañana, comidas de verano se pasean ante mis ojos. Y sonrío. Y entonces surgen buenos propósitos. Ahí van dos ejemplos.
2.-
Mi aventura con el ajedrez terminó pronto. Apenas un año o dos después de comenzar me tocó competir. Me emparejaron con una chica de mi edad, hija de un profesor de mi colegio. Era rubia, angelical y de ojos azules. La sorprendí con una apertura marca de la casa. Se repuso. Le bastaron doce movimientos para darme jaque y unos cuantos más para derribar a mi patético rey. Fui el hazmerreír durante unas semanas; hasta que lo dejé.
Aquello me sirvió. De aquella infame etapa guardo varias lecciones. La primera es que no hay enemigo pequeño. La segunda es que no debo fiarme de una melena rubia y un par de ojos azules. Ni de mi preparación.
3.-
Soy muy consciente que en ocasiones soy duro, cortante, seco. Que lo hago pasar mal, que hago sufrir. A veces lo hago sin darme cuenta, porque voy llevado en volandas por la prisa y el viento y no presto atención a lo que me dicen. ¿Cómo un elefante en chatarrería? Sí, eso: como un elefante. Y otras –cuando preparo a mis clientes para entrar a juicio– porque sé que el litigio depende de que digan y transmitan exactamente lo que deben decir y transmitir. Entonces no hay margen para el error. Una palabra mal dicha, una pregunta mal formulada y la tierra se abre y nos traga a todos. Por eso me endurezco explicando las cosas. Sé que lo hago pasar mal, que debería explicar mucho más las cosas. Pero no lo hago. No tengo tiempo, pienso; ya se lo diré después.
A Laura se lo hice pasar mal. Antes de entrar a juicio quiso decirme muchas cosas y la corté: no te salgas de esto, le dije.
Me levantaste la voz, me dice.
Sí. Lo hice.
Anoche nos reíamos, porque la sentencia ha salido bien. Ya sonríe. Y eso vale la pena, pero no a cualquier precio. No. Y pienso que la próxima vez no me dejaré llevar por la prisa.

martes, 17 de febrero de 2009

Ganar y aprender

Me dijeron que había venido al despacho, que había dejado su nombre y la promesa de que volvería. También me dijeron que llamaría antes. Me esforcé por ponerle cara y asunto sin resultado. Me quedaba un vago recuerdo de un procedimiento penal en el que le pedían algunos años de prisión por un delito que –como tantos otros– no había cometido. Fue el primero de los hombres que lloraron en mi despacho. Creo que fue entonces cuando aprendí a apretar los dientes y a seguir para adelante. Era el suyo un lamento patético y bochornoso, pero que calaba demasiado hondo. El caso es que después de unos meses un poco tensos, el juzgado archivó el asunto. Me llevé las flores y unos honorarios que Andrés pagó contento y libre.
No le volví a ver.
Hoy ha venido. Sin avisar, sin cita previa: simplemente ha venido. Más patético que nunca.
–Me dijeron que llamarías.
–Sí, pero es que… Bueno, pasaba por aquí.
Tenía poco tiempo así que le he podido dedicar unos minutos. No quería nada. Nada de nada. Sé que suena sorprendente. Solo quería alguien con quien hablar; más bien alguien que le escuchase. Le han bastado tres minutos para ponerme al día: se ha separado de su mujer. Ha perdido su casa, su familia y su vida. Y en el fondo del fondo el hombre se acuerda de su abogado y decide que necesita hablar con él.
–Te portaste bien conmigo, dice.
–Ya, digo. Pero pienso: ¿por qué hago esto?
Total, que el hombre viene y me cuenta y hablamos de la vida, de la política, de su mujer y de los detalles de una separación que le llevó el abogado de su esposa.
–Me olvidé de todo, me dice. Creí que yo era lo más importante. Y lo perdí todo.
–Ya.
Se ha ido. Ya es de noche. Estoy recogiendo la mesa. Me voy. Y pienso que todos los días –todos sin excepción– vengo al despacho a ganar algo. O a aprender algo. O a las dos cosas.


Ya ves, te la he robado. Pienso mucho en ello. Ya eres cómplice –una vez más– de mis preocupaciones.

sábado, 14 de febrero de 2009

Horas llenas de minutos

Logro sentarme y hacer recuento de recuerdos de los últimos días, porque dentro de un tiempo necesitaré refrescar algunas de las sensaciones de estos días. Veamos, el jueves comimos en el Guridi y despedimos a Jesús como bibliotecario de la junta de gobierno del colegio de abogados de Ciudad Real y recibimos al nuevo. El acto fue bien sencillo: tomé posesión, se me impuso la insignia y continuamos –como si tal cosa– con la junta general ordinaria de aprobación de presupuestos. Jesús se emocionó cuando el decano le entregó la placa y me hizo algunas recomendaciones prácticas que trataré de cumplir fielmente. A lo largo de la tarde discutimos de números, gastos, ingresos, huelgas y exigencias diversas del turno de oficio. Al terminar, al salir del colegio, como quien sigue unas normas establecidas de forma misteriosa, paseamos por la ciudad hasta dar con nuestros huesos en el despacho de Elena y Carmen. Hicimos el gamberro adolescente hasta que se nos hizo de noche. Vimos fotos de congresos, placas, cuadros y diplomas, mientras Carmen y Luis Manuel discutían sobre no sé qué de una ponencia para el Congreso de la Abogacía Castellano-Manchega. Para variar, tardamos en decidirnos, así que dejamos que nuestros pies nos llevaran donde siempre: lo bueno conocido, vino, buenas tapas y mejor compañía. Y allí, en el Ángel, pasaron los minutos, las horas, cada segundo; bailaron ante nuestros ojos y cayeron uno tras otro entre risas, preguntas, confesiones, cervezas y tapas. Como poetas malditos reímos, bebimos, escribimos poesías locas y dedicatorias cariñosas y acaloradas. Me guardo la mía para mí, porque sabe a consejo de amigo demasiado íntimo como para exhibirlo al mundo.
Salí de allí –la noche aún era joven, pero no era para mi– con una sonrisa en la cara. Luna y nubes. Caminé despacio de vuelta a casa metiendo en los cajones de mi memoria algunas de las palabras, recomendaciones, flores y consejos de esa noche. Vale la pena tener amigos que te dicen quien eres y como deberías ser y parecer…
Me quedan cuatro años. Cuatro años en la junta de gobierno de mi colegio. Y una vida para disfrutar de la amistad de Luis Manuel y Óscar y Elena y Carmen, la primavera de Botticelli.