Durante un tiempo se nos dijo que la mayor parte de los problemas infantiles y juveniles se solucionaban con “una bofetada a tiempo”: una farola rota de un balonazo, una pelea contra los indeseables de 8º B, un suspenso en matemáticas o una mala contestación y ahí te encontrabas con el consejo… La mejor medicina era siempre una buena bofetada, eso sí, a tiempo.
El problema es que esos magníficos teóricos de la educación nunca se dignaron aclararnos cuándo era el tiempo oportuno, de forma que para muchos la vida –y la educación de sus hijos– se convertía en algo así como una partida de “siete y media”: que cuando no llegabas, te pasabas.
Hoy he defendido a un muchacho de apenas quince años que monta una bronca de espanto en una piscina, amenaza al socorrista, siembra el desasosiego y se marcha acompañado por la Guardia Civil, mientras se le pasaban los efectos del tranquimazin y la abundante cerveza. Sus padres son buena gente, pero sospecho que han llegado a tarde a la famosa bofetada. O quizá no. Me explico: apenas una hora después tenía otro juicio, esta vez con un buen hombre que cuando bebe demasiado –y demasiadas veces bebe demasiado– le da por quebrantar una “medida de alejamiento” de su ex pareja, berreando por la ciudad y los calabozos de la policía el sufrimiento de su corazón engañado y malherido… Y volviendo del juzgado pensaba que todos tenemos un niño dentro, al que de cuando en cuando hay que abofetear, sin miedo a llegar tarde o dos días antes, porque no es extraño que perdamos el punto de mira de nuestra vida y el rumbo se nos tuerza y convirtamos nuestra vida en algo irremediablemente extraño para nosotros mismos.
No sé, me parece que en fondo somos como el euribor, que si se descuida y no se controla, se dispara. Extraña cosa el corazón, extraña cosa.
martes, 24 de abril de 2007
martes, 17 de abril de 2007
Mi verdadero nombre
Mi madre me llama Néstor; Poti, Nestorcín. Mis hermanos y amigos, Néstor; los clientes que no tienen esta última condición, D. Néstor o Sr. Aparicio. Los extranjeros de Sudamérica, doctor Aparicio (y me emociono porque me acuerdo de mi padre); los gitanos, me dicen “ay, zeñoríiiiia” (así, como suena y con muchas íes). Gonzalo me llama “vitaminas”; Ramón, “Pantani” y Óscar, “Roberto Carlos”, por aquellas internadas mías por la banda izquierda…
Hay quien dice que nuestro verdadero nombre se nos dará cuando muramos (aquí, un ejemplo), pero yo creo que lo he descubierto esta misma mañana: mi verdadero nombre es “imbecil”.
En efecto, me lo ha hecho ver un abogado de Jaén que me llama para intentar solucionar un asunto que lleva dos años dando coletazos: –mira compañero, no solo no te voy a pagar las costas, ni los intereses, sino que además de voy a birlar seiscientos eurejos por la cara. –Es decir, que ni siquiera me ofreces el principal de mi demanda. –Nefecto, que diría Forges, me dijo con ese gracejo andaluz…
Me quedé sin habla, así que eché mano del pack de la señorita Pepis de mi secretaria, cogí el espejillo y ¡zas!: ahí estaba la cara del imbécil. He descifrado el misterio: ahora sé por qué mis clientes me ocultan la verdad y juran y perjuran que no robaron nada, cuando les pillaron con la caja de pescado en la mano (ay, Justino: ¿qué habrá sido de ti?); o no me dicen que han construido un sótano en una vivienda de protección oficial, en la que reclamo una ruina funcional; o por qué acusa al banco de un error en las trasferencias, cuando lleva once años (11) sin pagar la renta de casa…
Hay quien dice que nuestro verdadero nombre se nos dará cuando muramos (aquí, un ejemplo), pero yo creo que lo he descubierto esta misma mañana: mi verdadero nombre es “imbecil”.
En efecto, me lo ha hecho ver un abogado de Jaén que me llama para intentar solucionar un asunto que lleva dos años dando coletazos: –mira compañero, no solo no te voy a pagar las costas, ni los intereses, sino que además de voy a birlar seiscientos eurejos por la cara. –Es decir, que ni siquiera me ofreces el principal de mi demanda. –Nefecto, que diría Forges, me dijo con ese gracejo andaluz…
Me quedé sin habla, así que eché mano del pack de la señorita Pepis de mi secretaria, cogí el espejillo y ¡zas!: ahí estaba la cara del imbécil. He descifrado el misterio: ahora sé por qué mis clientes me ocultan la verdad y juran y perjuran que no robaron nada, cuando les pillaron con la caja de pescado en la mano (ay, Justino: ¿qué habrá sido de ti?); o no me dicen que han construido un sótano en una vivienda de protección oficial, en la que reclamo una ruina funcional; o por qué acusa al banco de un error en las trasferencias, cuando lleva once años (11) sin pagar la renta de casa…
sábado, 14 de abril de 2007
Acordaos de mi y olvidad mi destino
“Acordaos de mi”. No sé porqué, pero ayer me venían a la cabeza esas palabras: acordaos de mi.
Ayer nos fuimos a comer todos los del despacho; no faltó nadie, ni Rosa, que ha sido madre por segunda vez y continua de permiso. Ayer José Luis celebraba sus treinta años de colegiado: un 13 de abril de 1976 se daba de alta como abogado ejerciente en el Ilustre Colegio de Abogados de Ciudad Real, del que –con el tiempo– llegaría a ser decano, como su padre. A lo largo de treinta años de profesión se acumulan muchas anécdotas, mucha vida, muchos compañeros, jueces, fiscales y funcionarios que han desfilado ante sus ojos y que, como el agua sobre las piedras, han pasado sin dejar rastro. El caso es que nos reímos mucho recordando sucesos –los mismos de siempre, pero que nos hacen la misma gracia que la primera vez–: los clientes y amigos y sus ocurrencias, algún que otro asunto de tono más bien surrealista, el día a día del despacho que siempre da para mucho y nuestras propias ambiciones y esperanzas, que dan para mucho más.
Y me acorde de Héctor, “el derrotado: lo tenéis que recordar de pie, en la popa de aquella nave, rodeado por el fuego. Héctor, el muerto que por tres veces sería arrastrado por Aquiles alrededor de las murallas de su ciudad. A él tenéis que recordarlo vivo, y victorioso, y resplandeciente con sus armas de plata y de bronce. De una reina aprendí las palabras que ahora me han quedado y que quiero deciros a vosotros: acordaos de mí, acordaos de mí, y olvidad mi destino” (Alessandro Baricco, Homero, Ilíada).
Y me hice un propósito. Pase lo que pase en adelante, nada cambiará mi opinión por vosotros. Nada.
Ayer nos fuimos a comer todos los del despacho; no faltó nadie, ni Rosa, que ha sido madre por segunda vez y continua de permiso. Ayer José Luis celebraba sus treinta años de colegiado: un 13 de abril de 1976 se daba de alta como abogado ejerciente en el Ilustre Colegio de Abogados de Ciudad Real, del que –con el tiempo– llegaría a ser decano, como su padre. A lo largo de treinta años de profesión se acumulan muchas anécdotas, mucha vida, muchos compañeros, jueces, fiscales y funcionarios que han desfilado ante sus ojos y que, como el agua sobre las piedras, han pasado sin dejar rastro. El caso es que nos reímos mucho recordando sucesos –los mismos de siempre, pero que nos hacen la misma gracia que la primera vez–: los clientes y amigos y sus ocurrencias, algún que otro asunto de tono más bien surrealista, el día a día del despacho que siempre da para mucho y nuestras propias ambiciones y esperanzas, que dan para mucho más.
Y me acorde de Héctor, “el derrotado: lo tenéis que recordar de pie, en la popa de aquella nave, rodeado por el fuego. Héctor, el muerto que por tres veces sería arrastrado por Aquiles alrededor de las murallas de su ciudad. A él tenéis que recordarlo vivo, y victorioso, y resplandeciente con sus armas de plata y de bronce. De una reina aprendí las palabras que ahora me han quedado y que quiero deciros a vosotros: acordaos de mí, acordaos de mí, y olvidad mi destino” (Alessandro Baricco, Homero, Ilíada).
Y me hice un propósito. Pase lo que pase en adelante, nada cambiará mi opinión por vosotros. Nada.
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