1. Salí del despacho el lunes a media tarde. El calor aún era sofocante así que busqué la sombra. Devolví dos llamadas breves. Llamé a una abogada amiga –un verdadero tiburón– a la que le debía una información sobre la mediación penal. Nos reímos un rato. Nos contamos los proyectos para las vacaciones y mi intención de pegarle fuego al despacho. Me aconsejó dos o tres cuestiones técnicas. Pasé por la iglesia de Santiago y entré. Me senté. Había un chico joven al que conocía y una chica joven que me sonaba de algo y no sé de qué.
2. El martes llamé al juzgado de lo contencioso y me trataron especialmente bien. He de reconocer que me sorprendió. A las 11.30 había quedado con un cliente y –tras solucionar unas cosas de trámite– nos fuimos al Ayuntamiento. Me sorprendí de nuevo: tanto el funcionario de urbanismo como dos chicas que estaban detrás de un mostrador nos trataron con delicadeza, nos informaron pacientemente y nos despidieron sonrientes. Al salir el calor apretaba tanto que no dudamos, nos metimos en un bar. Sonreía. Con la cerveza fresquita en la mano, a salvo de la vida, pensé que es curioso cómo mi estado de ánimo se ve afectado por cómo me tratan los demás. Antes de comer devolví algunas llamadas. Hablé con José Luís y con Estela –mi funcionaria favorita del Ayuntamiento–, que había leído no sé qué de mi blog y le había parecido triste (creo que era lo del niño que pegaba a sus padres).
3. El día corrió tanto, que tuve que ir con la lengua fuera para seguirle. No vale la pena llegar así al miércoles, pensé. Por la tarde, mi amigo Pablo me salvó la vida con un café, granizado y con leche. Su mujer, mi amiga, está embarazada. Hablamos, nos reímos y quedamos para comer el viernes. Hablé un ratillo con mi prima viajera –una sonrisa con dos ojos color café y un corazón muy grande– de sus proyectos, de sus últimas aventuras, de conocidos comunes, de adrenalina. Siempre que hablo con ella me hace sonreír.
Por la noche, a las tantas, un mensaje en el móvil: “stoy cn el marques y tngo el placer d darte la primicia: me voy a tomar 4 chupitos nestor aparicio andino!” Me he asomado a la ventana, riendo. Mañana contesto, he dicho. Y sonriendo he vuelto a la cama, mientras Ciudad Real agota un día de fiesta.
4. Al llegar al despacho he visto la bici plegable que José Luis prometió. Me he echado a reír. He decidido que aún no estaba todo perdido. Rápidamente se ha congregado todo el mundo a ver la flamante bici. La hemos plegado y desplegado, tocado, mirado, puesto y quitado la pata de cabra; nos hemos reído con nuestras ocurrencias, hemos hecho planes y apuestas y nos hemos puesto a trabajar. A media mañana había quedado con dos clientes para denunciar en el juzgado y –como es obvio– he ido en bici. He saludado a diestro y siniestro, he repartido bendiciones y sorteado atascos. Hoy no prenderé fuego al despacho, he pensado. He hablado con Santi: ¿cenamos el viernes? Vale. ¿Llamo yo a esta gente?
5. Mañana comienzo mis vacaciones.
jueves, 31 de julio de 2008
lunes, 28 de julio de 2008
Los vientos que te nombran
Sostengo que las fotografías dicen mucho si uno sabe mirarlas con atención. Por ejemplo, esta en la que estamos mi hermano y yo en Denia, este sábado. Habla de una mudanza, de una paella valenciana comida en la mejor compañía, de una competición entre Burger King y McDonald's (que ganó aquella con un whooper completo). De destornilladores que desatornillaron varios muebles, de un colchón no plegable plegado en mi coche, de aquella furgoneta que nunca alquilamos.
Y de un mar azul, de cuatro ojos beige sahara, de una ensalada murciana, de buenas conversaciones y de buenos conversadores, de llamadas telefónicas, de un buen paseo por Murcia, de una misa con un coro gospel, del viento del levante.
Habla de descanso.

Sé que no me pega la canción, pero te gustará, aunque es triste (porque todos los cantautores son tristes)
jueves, 24 de julio de 2008
Por qué siempre es tan difícil
Llevo diez minutos frente al expediente. El muchacho se llama Alberto y el fiscal de menores le acusa de tantas cosas, que no sé por dónde empezar. Comienzo a leer, con un bolígrafo en la mano y un par de folios. Denuncia su padre, hace un año aproximadamente. Apunto la fecha. Al parecer su hijo desaparece a primera hora, camino del colegio y vuelve después. Bueno, parece todo normal. Pues no, no lo es: la criatura no va al colegio; se ha echado unos amigos poco estudiosos, suspende cada examen y, cuando le dicen que deje la play station y el messenger, insulta a su madre. Espera –dejo el bolígrafo–, ¿cómo que insulta a su madre? ¿Qué clase de persona insultaría a su madre? Sigo leyendo: fuma hachís, ha amenazado a su madre y quiere irse a Alicante, con sus amigos poco estudiosos. Así, de corrido.
Paso unos folios de cosas inútiles: declaración de los padres en fiscalía. Más de lo mismo. Añaden que su hijo no responde a la educación que pretenden darle, que les insulta, que da patadas a las puertas, les dice “borracho y cabrón, puta y guarra”. La convivencia, al parecer, se ha vuelto insoportable. Llego a la declaración del menor: "mis padres están locos". No es mala salida. No si quieres llegar al barranco. El informe del equipo técnico es demoledor: menor con riesgo alto, dicen. Y tanto.
Ya no apunto nada. Miro el reloj y pienso. El muchacho tiene quince años. Sus padres y la sociedad, ganas de quitárselo de encima. Yo no sé qué quiero... Sí, sí que lo sé: ahora tengo que hacer el escrito de defensa, porque entre la ley de la selva y el estado de derecho solo hay un escrito, el mío. Hasta que un juez no diga lo contrario, Alberto es inocente como un pajarillo.
Pero, ¿por dónde empiezo?
Paso unos folios de cosas inútiles: declaración de los padres en fiscalía. Más de lo mismo. Añaden que su hijo no responde a la educación que pretenden darle, que les insulta, que da patadas a las puertas, les dice “borracho y cabrón, puta y guarra”. La convivencia, al parecer, se ha vuelto insoportable. Llego a la declaración del menor: "mis padres están locos". No es mala salida. No si quieres llegar al barranco. El informe del equipo técnico es demoledor: menor con riesgo alto, dicen. Y tanto.
Ya no apunto nada. Miro el reloj y pienso. El muchacho tiene quince años. Sus padres y la sociedad, ganas de quitárselo de encima. Yo no sé qué quiero... Sí, sí que lo sé: ahora tengo que hacer el escrito de defensa, porque entre la ley de la selva y el estado de derecho solo hay un escrito, el mío. Hasta que un juez no diga lo contrario, Alberto es inocente como un pajarillo.
Pero, ¿por dónde empiezo?
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