lunes 9 de noviembre de 2009

La oración

Hay canciones que tienen letra propia, la letra de mi vida. Y hay letras que, sin saber porqué, se adhieren a la piel, como la sal del mar. La música entonces forma parte de la vida, de los recuerdos, de ilusiones y proyectos...
Esta mañana al escuchar esta canción vino rápida, como la sangre a la herida, la letra perfecta: una oración.
Una oración que últimamente repito:

“Escribid
en el mundo
una sola palabra
escrita para mi,
la
leeré.
Rezad
un instante
de este silencio,
lo notaré.
No tengáis miedo,
yo no lo tengo”.



[la he tomado prestada de “Océano mar” de Alessandro Baricco)

sábado 7 de noviembre de 2009

Los hombres no lloran

Rápido como el viento, furioso y desbocado, así era Ramón aquella noche de viernes. Su mujer se arregló entre gritos y se marchó a una boda, mientras su esposo se quedaba en pijama y calcetines, en la puerta de casa, con la boca abierta. Discutieron porque Ramón llevaba once meses sin trabajar, agotando el subsidio del paro; no podía pagar el regalo de la novia –ambos lo sabían– y sin embargo ella se marchaba a cenar y a bailar con extraños y a gastar un dinero que no tenían. Ramón apretó los dientes. Ramón se sentó. Ramón se quedó viendo la tele, pero no la miraba. Su mente trabajaba deprisa, alentada por el fuego de unos celos absurdos. Sin pensarlo levantó el teléfono y marcó el número del restaurante. Se oyó a si mismo: –“he puesto una bomba que estallará en dos horas”– y colgó y esperó.
Esperó solo quince días, porque una mañana la policía llamó a su puerta y le detuvieron. Los antidisturbios, los artificieron y sus perros habían entrado aquella noche en el restaurante a la carrera, luchando contra el tiempo, buscando una bomba que no existía. El resto fue coser y cantar porque Ramón había llamado desde el teléfono de casa.
Ahora Ramón lloraba en el juzgado al verse sentado delante del juez.
Soy un hombre normal, me decía, no un delincuente.
¿Qué cara se supone que tienen los delincuentes?, le dije.
Me miró.
No eres un delincuente, solo eres imbécil.
Levantó la cabeza.
¿A quién se le ocurre jorobar una boda con una amenaza de bomba? Piénsalo y, por Dios, deja de llorar y de hacerte la víctima.
Pero… No sabía qué hacer…
Pues tenías que haberte puesto tu mejor traje y haberte ido a bailar con tu mujer y disfrutar de la noche y de la boda y dejarte de orgullos y leches.
Dejó de gimotear. El juzgado se había quedado en silencio.
Así que ahora te buscas un trabajo, solucionas los problemas con tu mujer y te llevas a tus hijos al cine cada sábado.
Oía su respiración.
¿Vale?
Vale...
Y acuérdate de pagar la multa.

[He de reconocer que me fastidia cuando la gente llora solo porque tiene pena de sí misma, por orgullo. Sé de alguno que dirá que mi reacción fue colérica… Y quizá tenga razón]

martes 20 de octubre de 2009

La pesadilla

Me persiguen. Siempre es lo mismo. Camino –corro– por un barranco oscuro, al borde del abismo, con el hombro pegado a la pared vertical. Detrás algo me persigue. Es angustioso. La distancia no se amplía por muy deprisa que corra, aun a riesgo de caer por el precipicio. Miro para atrás. Se acerca, pienso alarmado. Debo correr más. Y corro hasta que me despierto, bañado en sudor y quemado por la fiebre.
Tengo gripe. Y como siempre que tengo gripe y fiebre, desde mi infancia, se repite una noche y otra la misma pesadilla. Hasta que la fiebre remite.
Hasta hoy.