1. Estoy de guardia, así que he pasado la mañana en las dependencias que el colegio de abogados tiene en el edificio de los juzgados. He enchufado el ordenador y me he puesto a trabajar, esperando la llamada de alguno de los juzgados. Al poco ha entrado una familia: querían pedir un abogado de oficio porque les habían notificado una demanda. No quise prestar atención, pero era inevitable. Él está desempleado, ella cobra cientosetentayochoeurosalmes limpiando suelos y portales y el muchacho se limita a mirar mi ordenador portátil. El dueño de la casa les quiere desahuciar porque no pagan los últimos tres meses. No pueden pagar. Él dice que el mes que viene cobrará el desempleo, pero que el arrendador no quiere esperar.
A los diez minutos entraba una radiografía de un ser humano: quería abogado de oficio, porque su mujer quería divorciarse. Ahora, justamente ahora, decía. Estaba en la calle, porque su empresa y su vida habían quebrado. Levanté la cabeza. La crisis, pensé, mientras terminaba de redactar una demanda por vicios en la construcción de un edificio.
Un rato después llamaba a la puerta una mujer joven. El marido no paga la pensión de alimentos a su hijo desde hace dos meses. Sospecha que se ha quedado sin trabajo, que le han echado o lo ha dejado. Y quiere un abogado de oficio para reclamar la deuda antes de que sea demasiado tarde. He dejado la demanda a un lado. Pienso que esto no es una crisis económica, es una sociedad en crisis: una ruina de sociedad en la que buscamos por encima de todo la supervivencia.
2. Entré en el despacho de Carmen –teniente fiscal– para llegar a una conformidad. Tras unos minutos de negociación, revoloteo por el Código Penal y examen de las declaraciones de los testigos, afinó la oferta lo que pudo: diez meses de prisión. No está mal, me dijo. Pero no me satisfizo, así que me regaló un brote de no sé qué planta: así no te vas con las manos vacías, me dijo. Pues bien, tras un tiempo en el despacho, en un vaso de plástico con posos de café y magdalena, hoy puedo anunciar al mundo que mi planta ha agarrado en una maceta, comenzando una nueva vida en la ventana del despacho de José Luís.
3. El pequeño sigue creciendo, me dijiste. Cinco mil quinientos gramos. Cinco mil quinientas razones para seguir viviendo. Y me hiciste –por fin– sonreír.
lunes, 29 de septiembre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
Querida Ester:
Desde que volví de Valencia no he parado ni un minuto, así que aprovecho el primero libre que tengo para ponerte unas letras. No sé cómo agradecer todo lo que has hecho por nosotros este fin de semana, los desvelos, las preocupaciones, las noches de dormir poco y mal, las veces que has llorado… Creo que no me equivoco si te digo que estos días me he sentido como en casa, así que te ruego que se lo hagas saber a la gente de tu agrupación –a tu novio–, a tu decano y al resto de la junta de gobierno.
Apenas han pasado cuatro o cinco días y todavía permanecen en mi recuerdo, como fotogramas, los minutos pasados en aquella ciudad, entre amigos: la sonrisa de Lola, la conducción loca de Rosaana, la mirada de Graciela, las noticias de Esther, las conversaciones –rápidas y sugerentes– con Carlos y Borja, los abrazos con Alberto y Miguel Ángel (mis buenos amigos), la caída del asturiano que quería ser pez, las comidas y las cenas, la música, las anécdotas, los recuerdos de otras reuniones, mis “primas” de Alcalá, tu brindis y tu sonrisa… Escribo y me emociono, porque desfiláis ante mis ojos y porque pienso –de forma quizá egoísta– que cada momento pasado a vuestro lado ha valido la pena, porque conoceros y trataros me hace ser mejor persona.
Pasará mucho tiempo –meses o años– antes de que olvide este congreso, pero al fin se perderá entre el barullo del resto de recuerdos imprescindibles. Pero nunca olvidaré la luz de Valencia, el olor a verde y a mar y el azul y el blanco. Ni a vosotros.
Tengo poco que ofrecer, pero si alguna vez necesitas algo de mi, tómalo sin preguntar, porque es tuyo.
Un beso muy fuerte.
Néstor
Apenas han pasado cuatro o cinco días y todavía permanecen en mi recuerdo, como fotogramas, los minutos pasados en aquella ciudad, entre amigos: la sonrisa de Lola, la conducción loca de Rosaana, la mirada de Graciela, las noticias de Esther, las conversaciones –rápidas y sugerentes– con Carlos y Borja, los abrazos con Alberto y Miguel Ángel (mis buenos amigos), la caída del asturiano que quería ser pez, las comidas y las cenas, la música, las anécdotas, los recuerdos de otras reuniones, mis “primas” de Alcalá, tu brindis y tu sonrisa… Escribo y me emociono, porque desfiláis ante mis ojos y porque pienso –de forma quizá egoísta– que cada momento pasado a vuestro lado ha valido la pena, porque conoceros y trataros me hace ser mejor persona.
Pasará mucho tiempo –meses o años– antes de que olvide este congreso, pero al fin se perderá entre el barullo del resto de recuerdos imprescindibles. Pero nunca olvidaré la luz de Valencia, el olor a verde y a mar y el azul y el blanco. Ni a vosotros.
Tengo poco que ofrecer, pero si alguna vez necesitas algo de mi, tómalo sin preguntar, porque es tuyo.
Un beso muy fuerte.
Néstor
miércoles, 17 de septiembre de 2008
No te fies del animal herido
Lo malo de Ramón –pensaba a la vuelta– es que me conoce, porque es mi amigo. Por eso no hay nada peor que hacer un juicio con él como contrario, porque se adelanta a cada uno de mis trucos y movimientos. Ayer, por ejemplo, nada más meterme en su coche me amenazó con hacer la ola y tirarme un bolígrafo si me quitaba las gafas una vez, una única vez. A mi no me hagas esas tonterías, me dijo, que te vuelves andando. Y claro, con la presión de la amenaza uno no puede emplearse a fondo, así que mantuve las gafas encima de la nariz y las manos adheridas a la mesa. Aunque lo cierto es que ayer la cosa se limitaba a proponer prueba en la audiencia previa y tomarnos un café en la plaza mayor de Almagro (que es un sitio perfecto para tomar el fresco y dejar pasar la mañana), así que redujimos nuestros índices de beligerancia hasta el mínimo, limitándonos a un par de aclaraciones sobre no sé qué impugnación de un documento privado. Y todo, estoy seguro, para comprobar que estaba despierto. Eso sí, el juicio será otra cosa.
Al salir, nos tomamos el prometido café en la plaza, con Claudia y Luis Manuel, dos buenos compañeros y amigos de la zona, y el secretario del juzgado, con el que aprovechamos para criticar un poco el sistema judicial, la falta de medios y de ganas y lo duro que se hacía trabajar en septiembre.
Ya de vuelta a Ciudad Real, tras pasar por la nueva casa de Ramón –una envidia, con treinta metros cuadrados de terraza que ya quisiera yo para mi–, salía del juzgado sin haber cumplido con mi objetivo (hablar a la teniente fiscal), cuando me crucé con Mariola, siempre corriendo, siempre con prisas. Nos paramos a cruzar cuatro palabras y, de reojo, vi a otra compañera dentro, a través de la cristalera y me dio por pensar en los amigos que son y en los que fueron; en los que nunca fueron pero se lo hacían y en los que nunca serán. Y en los que veré este jueves en Valencia, en el Congreso Nacional de la Abogacía Joven. Y me vino a la memoria, no sé por qué, aquella canción que decía “no te fíes del animal herido”. No, no te fíes, le dije. Y sé que no me oyó. Porque no hay peor sordo (o sorda) que el que no quiere oír. Qué pena.
Cuando pienso en estas cosas, habitualmente de noche, suelo compatibilizar sentimientos de rabia y de melancolía. Menos mal que Charo y Pablo llegaron a tiempo, como siempre, y nos marchamos a probar la horchata de la Plaza Mayor.
PD: estaré en Valencia desde el jueves al domingo. Espero ansioso vuestras sugerencias. Y, si queréis algo del levante, me lo decís, claro.
Os dejo con una buena canción, que me acompaña estos días. Podéis escucharla bien alta, que no es estruendosa.
Al salir, nos tomamos el prometido café en la plaza, con Claudia y Luis Manuel, dos buenos compañeros y amigos de la zona, y el secretario del juzgado, con el que aprovechamos para criticar un poco el sistema judicial, la falta de medios y de ganas y lo duro que se hacía trabajar en septiembre.
Ya de vuelta a Ciudad Real, tras pasar por la nueva casa de Ramón –una envidia, con treinta metros cuadrados de terraza que ya quisiera yo para mi–, salía del juzgado sin haber cumplido con mi objetivo (hablar a la teniente fiscal), cuando me crucé con Mariola, siempre corriendo, siempre con prisas. Nos paramos a cruzar cuatro palabras y, de reojo, vi a otra compañera dentro, a través de la cristalera y me dio por pensar en los amigos que son y en los que fueron; en los que nunca fueron pero se lo hacían y en los que nunca serán. Y en los que veré este jueves en Valencia, en el Congreso Nacional de la Abogacía Joven. Y me vino a la memoria, no sé por qué, aquella canción que decía “no te fíes del animal herido”. No, no te fíes, le dije. Y sé que no me oyó. Porque no hay peor sordo (o sorda) que el que no quiere oír. Qué pena.
Cuando pienso en estas cosas, habitualmente de noche, suelo compatibilizar sentimientos de rabia y de melancolía. Menos mal que Charo y Pablo llegaron a tiempo, como siempre, y nos marchamos a probar la horchata de la Plaza Mayor.
PD: estaré en Valencia desde el jueves al domingo. Espero ansioso vuestras sugerencias. Y, si queréis algo del levante, me lo decís, claro.
Os dejo con una buena canción, que me acompaña estos días. Podéis escucharla bien alta, que no es estruendosa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)