jueves, 30 de julio de 2009

Arrepentirse

Lo volvería a hacer, ¿sabes?
Ya. Me lo imagino.
No dudaría. Volvería.
Hum…
Volvería con ella.
¿Lucharías por ella?
Sí, sin duda. Es todo lo que quiero. Cambiaré por tenerla...
Le miré. Sentado en el banco, esperando. Al otro lado un juez y una mujer que se dice maltratada. Y aquí, en un banco negro, sin cordones, sucio y desaliñado, un hombre enamorado.
Le miré y supe qué quería decir.


(De un tiempo a esta parte escucho sin parar esta canción. Look at the stars, look how they shine for you. También ahora la recuerdo).

lunes, 27 de julio de 2009

La noche

era calmada y oscura. Miramos la ciudad, abajo, hasta el mar. Te dije aquello que recordé en ese momento: quomodo sedet sola civitas. Y seguimos mirando, como dos naúfragos felices en su isla, en su refugio.
[El resto lo podría haber dicho yo, pero lo canta Sara Bettens]

lunes, 20 de julio de 2009

Como el último unicornio

El calor fuera era insoportable, así que me alivió entrar en sala. Ya sentados y silenciosos, con la toga puesta, descubrí que estaba sudando. Crucé algunas palabras con Jesús, el fiscal y me ratifiqué en mi demanda. Detrás, en los bancos, nos miraban con atención mi cliente, su esposo y los restos del naufragio de su matrimonio. La abogada contraria comenzó a contestar a mi demanda, usando la más antigua de las defensas: un buen ataque. Gracias a ellas me enteré que mi cliente era una psicópata, incapaz de hacerse cargo de su familia: una yonki de los psiquiatras y las pastillas, una mujer violenta, despilfarradora y descuidada consigo misma y, desde luego, con sus hijos, a los que tiene al borde de la inanición… Moví la cabeza. Eso es lo que queda después de casi veinticinco años de matrimonio. A veces la mejor defensa no es un buen ataque. No cuando lo que se sostiene son sandeces. A los cinco minutos de oirla desconecté, pensando –no sé– en una ciudad con muchas esquinas…
Me sorprendi mirando al marido.
Sonreía.
Me quité las gafas.
Parecía contento con el discurso de su abogada.
Me dio pena.
¿Qué infiernos estaba ocurriendo en la tierra de los valientes y el hogar de los hombres libres? ¿Por qué no se atreve a decir la verdad? ¿Por qué huye? ¿Por qué no negocian conmigo? ¿Por qué no deja de pensar en sí mismo? ¿Por qué es tan difícil encontrar alguien honrado?
Como el último unicornio, pensé. Un hombre honrado es como el último unicornio.