Los papeles del juzgado, como los libros, cuentan historias si se saben leer bien. Este, un auto concediendo la suspensión de la ejecución de la pena, habla a gritos de una vida dramática, de segundas y terceras oportunidades, de una voluntad endeble, de tiempo perdido...
Antonio era la oveja negra de la familia. Fiel a su rol comenzó repitiendo un curso tras otro, despreciando los esfuerzos de su familia, de sus profesores, colegios e internados. Pasó la mayoría de edad en la nebulosa del alcóhol y la marihuana y sin saber cómo llegó a cumplir los treinta. Conoció a Paula y juntos terminaron la obra que habían comenzado por separado. Destruyeron sus vidas con rabia entre vómitos de borracho. Dos años después de conocerse vivían en el infierno.
Finalmente Antonio fue condenado –una vez tras otra– por las denuncias que Paula le iba poniendo entre palizas y borracheras. Le defendí dos veces: en la primera le absolvieron en primera instancia aplicando una pirueta legal al respecto del “derecho a vivir juntos”; ensayo que el fiscal y la Audiencia Provincial me tiraron para atrás. En la otra le condenaron como autor de un delito de maltrato e ingresó en prisión. Le visité varias veces. No le dejé solo.
Un año más tarde conseguí que saliera de prisión para comenzar un tratamiento de deshabituación al alcohol en el Hospital General de Ciudad Real. Un año de informes, médicos, escritos y visitas al juzgado. Un año de tiempo y dinero, de esfuerzos impagados y impagables.
Y hoy –maldito sea– me lo encuentro tirado en la calle, harapiento y completamente borracho.
Días así me desmoralizo porque siento que he perdido el tiempo.
lunes, 1 de junio de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
Drama, vendedores de humo y sálvese quien pueda
Corría desesperadamente el segundo día de las XXVIII Jornadas de Escuelas de Práctica Jurídica cuando Alicia me sorprendió recostado en un sillón, hablando por teléfono.
¿Qué tal? ¿Qué te está pareciendo esto?
Hum… Pues si quieres que te diga la verdad, estoy un poco decepcionado.
Y lo estaba entonces y lo estoy ahora, porque había ido a Almería con dos inquietudes y algunas preguntas sobre el reglamento de la Ley de Acceso a la Profesión y los convenios con la universidad… Y hoy, de vuelta a casa, sigo como al principio, en el punto de partida. Aunque, pensándolo bien, no es del todo cierto. Hemos trabajado, resuelto cosas, hablado sobre Bolonia y los problemas de la universidad. Nos hemos empapado de algunos dramas (propios y ajenos), hemos oído a vendedores de humo y sobre todo he visto a gente que se deja la vida por su escuela, por su colegio, por dar buena formación a sus colegiados, a los abogados del futuro y del presente. Guerra de guerrillas, pistoleros que hacen la guerra por su cuenta porque nadie de arriba dice nada; compañeros que hacen las cosas muy bien y de los que he aprendido mucho (porque me queda mucho por aprender).
Pero también volví a ver a amigos de siempre: Mayte –la recién elegida presidenta de la Confederación Española de Abogados Jóvenes– Esther y Juanfran, que me confesó que me había sometido a un férreo espionaje a través de mi blog para ver qué decía de la ejecutiva de CEAJ. Y a los de siempre se han unido otros: Juan, Antonio, Olga y Eduardo y Alicia, la de ojos azules y mirada inteligente y afilada.
Al terminar de cenar, el último día, volvía canturreando con Los Secretos: gracias por elegirme, por cuidarme tanto y por no irte…
Hum… ¿Lo dices en serio?
Pues claro.
[Y, aunque no dije nada, pensé –ya de vuelta– en aquello que cantan los Dashboard Confesional: vindicated/I am selfish, I am wrong/I am right, I swear I'm right/Swear I knew it all along/And I am/Flawed/But I am cleaning up so well/I am seeing in me now/The things you swore you saw yourself]
¿Qué tal? ¿Qué te está pareciendo esto?
Hum… Pues si quieres que te diga la verdad, estoy un poco decepcionado.
Y lo estaba entonces y lo estoy ahora, porque había ido a Almería con dos inquietudes y algunas preguntas sobre el reglamento de la Ley de Acceso a la Profesión y los convenios con la universidad… Y hoy, de vuelta a casa, sigo como al principio, en el punto de partida. Aunque, pensándolo bien, no es del todo cierto. Hemos trabajado, resuelto cosas, hablado sobre Bolonia y los problemas de la universidad. Nos hemos empapado de algunos dramas (propios y ajenos), hemos oído a vendedores de humo y sobre todo he visto a gente que se deja la vida por su escuela, por su colegio, por dar buena formación a sus colegiados, a los abogados del futuro y del presente. Guerra de guerrillas, pistoleros que hacen la guerra por su cuenta porque nadie de arriba dice nada; compañeros que hacen las cosas muy bien y de los que he aprendido mucho (porque me queda mucho por aprender).
Pero también volví a ver a amigos de siempre: Mayte –la recién elegida presidenta de la Confederación Española de Abogados Jóvenes– Esther y Juanfran, que me confesó que me había sometido a un férreo espionaje a través de mi blog para ver qué decía de la ejecutiva de CEAJ. Y a los de siempre se han unido otros: Juan, Antonio, Olga y Eduardo y Alicia, la de ojos azules y mirada inteligente y afilada.
Al terminar de cenar, el último día, volvía canturreando con Los Secretos: gracias por elegirme, por cuidarme tanto y por no irte…
Hum… ¿Lo dices en serio?
Pues claro.
[Y, aunque no dije nada, pensé –ya de vuelta– en aquello que cantan los Dashboard Confesional: vindicated/I am selfish, I am wrong/I am right, I swear I'm right/Swear I knew it all along/And I am/Flawed/But I am cleaning up so well/I am seeing in me now/The things you swore you saw yourself]
domingo, 17 de mayo de 2009
Alarcos
Antes que una batalla fue una ciudad, allá por el primer milenio. Ahora es una calle, un nombre de mujer, una imagen de la Virgen y una ermita. Sí, una ermita: un lugar fresco que huele a flor donde sentarse a descansar, respirar la luz y despejar la incógnita. Y pedir milagros y rezar.
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